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Cuba joven

Jardín de estrellas: Para que los niños entiendan mejor
Una dramaturga cubana ha escrito obras sobre temas como la infidelidad, el divorcio y el abandono del hogar, que son interpretadas niños y adolescentes

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16 Dic 2015

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La infidelidad, el divorcio, el abandono del hogar por alguno de los padres, la tristeza e incomprensión de los niños ante esos dilemas… son temas difíciles de hablar con pequeños o adolescentes, y situaciones en las cuales algunos adultos no saben cómo minimizar el impacto para su descendencia.

Blanca Felipe Rivero, dramaturga recientemente galardonada con la Distinción por la Cultura Nacional, así lo siente, y por ello buscó representar esos temas tabúes desde el teatro, donde los propios pequeños interpretan y dan su visión del asunto, para que les sea más fácil la comprensión de los dramas familiares.

Actualmente, cuando la infancia se acelera por múltiples factores, entre ellos la falta de comunicación y el bombardeo de modelos de consumo cultural a través de los medios, urge encontrar el diálogo oportuno, y esa es la propuesta de Jardín de estrellas, el texto de Blanca que toca en la llaga de esos conflictos.

En la piel de las actrices de la Compañía Teatral La Andariega, de la provincia de Camagüey, la obra adquiere una dimensión impactante, en la cual la más joven generación se siente sola en el doloroso proceso de la ruptura familiar.

Matilde, que en medio de la tormentosa separación de sus padres ha sido arrastrada por mamá hasta un pueblo lejano de su casa, se manifiesta rebelde, huraña, inquieta y con ganas de pocos amigos; pero desde su jardín de plantas ornamentales Mily la consuela, y le demuestra lo curativo del poder de la amistad.

Y es que ella ya pasó por eso una vez, cuando su madre abandonó a papá y a la niña pequeña, y Mily lo superó regando sus plantas con amor, las mismas que le regala a Matilde para recuperarle poco a poco la alegría y la magia de esos últimos años maravillosos de la infancia.

Impresiona ver cómo la propuesta de las tablas comunica en los propios códigos de los niños, pues en el reducido espacio escénico, concebido así para un montaje íntimo y minimalista, no hay cabida para adultos que quizá lleguen a violentar más lo traumático del proceso con sus experiencias marcadas por la decepción.

Sin sentimentalismos o cursilerías, Mily y Matilde saben que deben buscar sus propias respuestas, y así lo hacen, en un ejercicio de voluntad que trasciende las fronteras de lo teatral para instalarse en los espectadores como una verdad dura, pero necesaria.

 

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