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Arte

El jardín, la isla, Dulce María
Intentemos un breve recorrido por la dilatada y rica existencia, tocada siempre por la magia de la poesía, de María Mercedes Loynaz Muñoz, o Dulce María Loynaz, la más grande escritora cubana del siglo XX, galardonada en 1987 con el Premio Nacional de Literatura y en 1992 con el premio Miguel de Cervantes.

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29 Nov 2014

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(Publicado en 2008)

 

 

Sus primeros versos vieron la luz en periódicos y revistas habaneras hacia 1938. Se iniciaba así una carrera luminosa marcada, paradójicamente, por el aislamiento y el reconocimiento de la elite intelectual de la época.

También por estos años se vincula con grandes figuras del mundo hispanoamericano como Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Rafael Marquina y Carmen Conde, entre otras. Acoge en su casa, en las llamadas "juevinas" (las más afamadas tertulias literarias cubanas desde las organizadas en el siglo XIX por Domingo del Monte) a Emilio Ballagas, Gonzalo Aróstegui, María Villar Buceta, Angélica Busquet y otros intelectuales de la Isla. Toda esta etapa, que pudiéramos llamar de formación, se extiende hasta los años cuarenta y es narrada de manera inigualable en una sui géneris memoria, titulada Fe de vida, que la autora dedica a su segundo esposo, Pablo Álvarez de Cañas, periodista canario radicado en Cuba.

 

 

Dulce María innata. Dulce María natural. Dulce María espontánea. Dulce María poesía. Dulce María Loynaz es considerada una de las cinco musas de América, que junto a Gabriela Mistral, Delmira Agustini, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbouru llevan adelante la poesía, la ruptura temporal en un lenguaje virgen y cerrado como una isla, vigente a los embates del tiempo, Dulce María es sueño. Dulce María es hada. Dulce María es inmortal. Dulce María es cubana.
 

Detengámonos un instante en “Jardín”, escrita en el año 1935, cabeza visible de su producción narrativa, libro que en la actualidad, tras medio siglo de su publicación por Aguilar en España, sigue constituyendo un misterio y un reto para críticos y lectores. Novela circular, serpiente que se muerde la cola, al terminarla hemos forzosamente de volver al comienzo y hallamos entonces una línea inaugural que quizás antes repasamos con descuido y comprendemos que toda la travesía no ha sido más que una mirada entre dos instantes de luz, como si hubiésemos degustado un inmenso poema: Bárbara pegó su cara pálida a los barrotes de hierro y miró a través de ellos...

 

 
Sigue...

 

 

 

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