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Historia

José Antonio Saco: el otro precursor
Sobre todo con ideas se cimienta el edificio que levantan los pueblos para celebrar su libertad: no se puede escribir la historia de las ideas en Cuba sin remitirnos al legado de Saco. Sus tenaces censores, como era de esperar, yacen olvidados
6 Sep 2014

 

Cuando muere Varela, el intelectual cubano más relevante es José Antonio Saco. Nacido en Bayamo, en 1797, fue discípulo de este y amigo devoto de Francisco de Arango y Parreño. Inclinado desde la juventud a la polémica, su estilo vigoroso y agresivo, altanero y desdeñoso hacia sus oponentes, le granjearon el fervor de los jóvenes criollos, que disfrutaban todo lo que significase hacer morder el polvo a los representantes del gobierno colonial, especialmente en el terreno de las ideas, la literatura y las artes.

Saco fue el primer intelectual cubano en el sentido moderno del término, una especie de crítico social precursor que se apoyaba en la razón y sus argumentos, antes que en instituciones, cargos o méritos previos. Ostentaba toda la fuerza de sus razonamientos, es verdad, pero a la vez sufría por la debilidad de estar a merced de consideraciones no precisamente razonables de una administración colonial corrupta e ignorante.

Vivió errante, lejos de su suelo, purgando el castigo de ser brillante y de mente independiente cuando a España no le convenían tales destellos. Se adelantó a su época y pagó un precio, pero no se puede escribir la historia de las ideas en Cuba sin remitirnos a su legado. Sus tenaces censores, como era de esperar, yacen olvidados.

Su primera gran controversia pública se produjo a fines de 1829, con el español Ramón de la Sagra, director de Jardín Botánico. Las críticas desmedidas de este a la poesía de José María Heredia, recogidas en El Mensajero Semanal, de Saco y Varela, lo llevaron a proferir ciertas ofensas, a las que no escaparon los editores. Se cruzaron réplicas y contrarréplicas, deslizándose el asunto al terreno de la política, hasta que el gobierno tomó cartas en el asunto, precisamente a favor de De La Sagra, prohibiendo la circulación de los escritos de Saco.

Pero si bien pudieron censurar al Saco publicista, no les fue tan sencillo acallar al Saco pensador: en 1830 publica su famosa “Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba”, premiada por la Sociedad Económica de Amigos del País en diciembre de 1831.

La tesis central de esas “Memorias…" consistía en afirmar que a contrapelo del optimismo oficial sobre las riquezas de la Isla, debajo del oropel y el falso brillo existía un cuadro deprimente de males morales que corroían la sociedad, y que eran astutamente tolerados, incluso estimulados bajo cuerda, por el gobierno colonial. Es de imaginar que semejante postura no fue del agrado de quienes, en la Cuba de entonces, solo se preocupaban de acrecentar sus riquezas y  mantener a los cubanos bajo el yugo.

De mayor trascendencia aún fue su “Análisis de una obra sobre el Brasil”, de 1832, donde por primera vez se denunciaron, con pruebas irrefutables y estadísticas, el impacto de la introducción clandestina de esclavos en Cuba y el atraso que en materia de educación vivía la población del país.

Saco abogó por el trabajo libre, como forma de mantener y desarrollar la economía, sin los riesgos que una masa creciente de esclavos suponía para la Isla. No se habían acallado los ecos de este ensayo cuando publicó en la Revista Bimestre Cubano un artículo sobre las causas de una epidemia de cólera morbo, que por entonces asolaba La Habana.

La denuncia de Saco apuntaba hacia la responsabilidad directa del Intendente, Martínez de Pinillos, quien había levantado apresuradamente la cuarentena que afectaba a los buques mercantes norteamericanos, para que el comercio no se afectase. El resultado fue la expansión incontrolada de la epidemia, con un elevado saldo de muertes. En defensa de Martínez de Pinillos -o lo que es lo mismo del status quo y las ganancias derivadas del comercio a cualquier precio- volvió a pronunciarse Ramón de la Sagra, quien publicó su réplica en el semioficial Noticiero y Lucero de La Habana.

Saco, una vez más, volvió a demolerlo a plena luz pública, con argumentos irrefutables y una lógica aplastante. Si bien el público dio a Saco por vencedor, como afirmaría luego Luz y Caballero,… “después del asunto de la cuarentena ya no hubo perdón para el escritor”. Y era lógico: había obstruido el río de ganancias, frecuentemente ilícitas, que terminaba en las arcas de funcionarios y comerciantes inescrupulosos, y que a la larga sostenía el dominio colonial sobre Cuba, incluso, buena parte de los gastos de una corte parásita y corrupta, como era la española.

A la muerte de Fernando VII, y asumir el trono Isabel II, ciertos aires liberales soplaron sobre la península y sus posesiones de Ultramar. Aprovechando ese momento, los miembros habaneros de la Comisión Permanente de Literatura de la Sociedad Económica de Amigos del País propusieron a la Reina la fundación de una “Academia Cubana de Literatura”.

Aprobada la idea, fue constituida el 6 de marzo de 1834. Como era de esperar, cundió la alarma entre los negreros, los funcionarios venales y los señoritos de la Corte. Pronto comenzaron los ataques contra la Academia, encabezados por Juan Bernardo O’ Gaban, director de la Sociedad Patriótica, y por Antonio Zambrana, secretario de la misma.

Como era de esperar, un impetuoso Saco salió en defensa de la mayor libertad posible para los escritores cubanos, enfrentados al duro molde de las convenciones intelectuales espesas de la colonia. En secreto mandó a imprimir a Matanzas el folleto titulado “Justa defensa de la Academia Cubana de Literatura”. Para eludir persecuciones le puso pie de imprenta de New Orléans. Desde principios de julio de 1834 el documento circuló profusamente por la Isla.

Pero un factor inesperado y decisivo se adicionaba a esta ecuación, y no era precisamente de carácter intelectual: un mes antes había tomado posesión de la Capitanía General de la Isla de Cuba el teniente general Miguel Tacón y Rosiques, quien decretó de inmediato el destierro de Saco hacia Trinidad.

Era el 17 de julio de 1834. Finalizaba así la política de tolerancia de Vives y Ricafort y se iniciaba el régimen de las facultades omnímodas, o sea, del ejercicio del poder despótico colonial sin necesidad de dar explicaciones, ni guardar las formas, ni respetar los procedimientos establecidos por las endebles leyes que se aplicaban al país.

Tacón había nacido en Cartagena del Levante, en 1775. Desde joven se incorporó a la Marina, participó en el bloqueo a Gibraltar y en las persecuciones en el Mediterráneo contra corsarios argelinos e ingleses. En 1809 fue nombrado gobernador de Popayán, en Nueva Granada, donde combatió a los patriotas que luchaban por la independencia.

Nombrado segundo al mando del ejército de Pezuela, fue ascendido a Mariscal de Campo, y luego a gobernador de Potosí, de donde regresó a España formando parte de ese contingente de oficiales derrotados y resentidos que se conoció como “Los Ayacuchos”, y que se destacaron luego reprimiendo cualquier expresión liberal en las posesiones coloniales restantes.

Tal era el hombre autoritario y audaz, partidario de la más rígida disciplina, que terciaba en un intercambio de ideas para inclinar la balanza hacia las conveniencias del poder y la obediencia ciega. A diferencia de lo que hubiese hecho otro en su lugar, Tacón citó personalmente a Saco para explicarle las razones del destierro.

Según las explicaciones de Tacón, se desterraba a Saco por haber ofendido al Deán de la Catedral (el Sr. O’Gaban) y sobre todo… “por tener demasiada influencia sobre la juventud habanera”. Por razones de dignidad, Saco no aceptó el destierro, y por gestiones de su amigo Arango y Parreño, Tacón le extendió pasaporte para Europa.

Para defender a Saco, Luz y Caballero escribe su “Representación de D. José Antonio Saco al Excelentísimo Capitán General D. Miguel Tacón”, la cual es considerada por Ramiro Guerra y Fernando Ortiz como el “documento político más importante de su época”. El 23 de julio le es presentado el documento a Tacón. Cinco días después este lo devuelve con una breve nota de su puño y letra, escrita al margen: “Que el Sr. Saco vaya a su destino”.

El 1ro. de septiembre de 1834, a las seis de la mañana, partía Saco de La Habana hacia el puerto de Falmouth, Inglaterra, a bordo de una nave de nombre elocuente, Pandora. Con su partida desaparecería por un tiempo la Revista Bimestre Cubano, y definitivamente, la Academia Cubana de Literatura.

Ya en Europa, Saco pasa a Francia y luego a España. En enero de 1835 ya está en Madrid tratando de publicar lo que Tacón jamás le hubiese permitido de haber permanecido en la Isla, su “Carta de un patriota o clamor de los cubanos dirigido a sus procuradores en Cortes”. Lo logrará en 1836. Convencido de que España no entiende a los cubanos, regresará a Francia, no sin antes dejar escrito, en carta a Luz y Caballero del 24 de abril de 1835, la siguiente definición profética:

“Aquí es imposible escribir sobre la isla de Cuba… No nos quieren, ni nos entienden, ni se acuerdan de nosotros sino para robarnos y sacrificarnos. Reina contra nosotros una prevención terrible. Resentidos de haber perdido las Américas, se proponen encadenarnos más de lo que nos tienen para que nunca podamos escaparnos… Aquí es donde se conoce bien lo que es España respecto de nosotros.”

La solución al dilema enunciado por Saco en 1835 tendría que esperar aún 33 años. Se proclamará el 10 de octubre de 1868, en un pequeño ingenio del oriente cubano. Es casi seguro que el joven Carlos Manuel de Céspedes compartió la devoción de los jóvenes criollos por el intelecto inclaudicable y libertario de Saco. Desde ese punto de vista, es justo afirmar que Saco deberá considerarse, por sus méritos y por derecho propio, entre los precursores de nuestras gestas libertarias. Sobre todo con ideas se cimienta el edificio que levantan los pueblos para celebrar su libertad.

Al enterarse de que Saco sería definitivamente desterrado, los alumnos y profesores de la Academia de San Alejandro, le envían una carta fechada el 22 de julio de 1834. Quede como testimonio de que en lides semejantes, la última palabra la pronuncia la historia, y ya se sabe: esta jamás se equivoca.

“Habiendo llegado a noticia de los abajo firmantes,… que debe Usted ausentarse de esta ciudad dentro de pocos días por tiempo indeterminado, rogamos a Usted encarecidamente tenga la bondad de destinar algunas horas para dejarse retratar a fin de conservar en su imagen una memoria que pueda aliviarnos en parte, el sentimiento de ausencia y dar a Usted esta pequeña muestra de la estimación y afectuoso reconocimiento que le profesamos como amigos, discípulos y compatriotas. Dios libere a Usted de la injusta persecución de sus enemigos, que lo son de nuestra ilustración y felicidad”.

 

(Tomado de http://laventana.casa.cult.cu)

 

 

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