Ni José de la Luz y Caballero, ni Arango y Parreño, ni Saco, ni Aldama tuvieron una postura radical respecto al negro. Tampoco muchos de los líderes del movimiento revolucionario del 68, que respetaron el sistema de producción esclavista mientras pudieron, y si nos aventuramos, concluiríamos que el Pacto del Zanjón solamente dio la libertad a los esclavos que tomaron parte de la revolución.
Martí tenía por fuerza que ser más radical en su acción, porque vivió lo que sucedió más tarde y su genialidad está en que vio más allá de donde veían muchos de sus contemporáneos.
Otro elemento interesante lo constituye el antimperialismo martiano. Pero notemos que después de la guerra del 68 Cuba había pasado a ser colonia de los Estados Unidos, aunque no existieran los lazos políticos de sujeción que vinieron luego. Martí calificaba de peligrosa cualquier ayuda que viniera de los yanquis:
“(...) ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.
Martí no nació despreciando al gobierno de los Estados Unidos per se, lo aprendió sobre la marcha en su condición humana.
“La revolución de 1895 es nacionalista y anticolonialista —destaca Cepero Bonilla—. Es un movimiento antimperialista”.
Martí recorrió gran parte de nuestra América, y aprendió de ello, por eso repudió el gobierno ejercido por uno o por unos pocos, y trabajaba por el advenimiento de un sistema democrático como el nuestro, sin distinciones de nacimiento, de fortuna ni de clases.
El mito de Martí hay que buscarlo en su propia vida, en sus experiencias y en su crecimiento, y mostrarlo tal cual fue, con virtudes y defectos, con aciertos y desaciertos; humano al fin, para que nuestros jóvenes lo agradezcan, bajado del pedestal y más cercano a su tiempo.
¿Cómo los jóvenes ven a Martí?
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