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Hará poco más de un año, el octogenario científico norteamericano James Watson dimitió de su puesto en un destacado centro de investigaciones, tras haber cuestionado la inteligencia de los africanos.
Lo anterior tiene mayor trascendencia porque Watson fue ganador del Premio Nobel al describir la estructura del ADN, con lo cual quedaba demostrado que, al menos en el género humano, las razas no existen.
Es curioso cómo se establecen los espacios de exclusión y esquematismos, incluso ente personas supuestamente “civilizadas” y tenidas como lumbreras.
Al otro lado de una cultura
Durante mucho tiempo se ocultó que antes de ser esclavizada, África tenía sus propias danzas, sus propios cantos; trabajaba el hierro y era entendida en la escultura, la vidriería, el hilado de la lana y algodón, la cestería y el tejido.
África introdujo el canje, acuñaba monedas, conocía la alfarería y la cuchillería. Fabricaba sus propias herramientas y utensilios de latón, bronce, marfil, cuarzo y granito. Tenía su propia literatura, su jurisprudencia, su religión y su pedagogía.
En cambio, la cultura dominante, usurpadora y eurocentrista trató de ignorar todos aquellos avances y construyó un modelo reduccionista: “el africano viste de taparrabos, canta, baila y hace cuentos del majá, el elefante o el cocodrilo. Quien no es así, no es un africano auténtico”.
Herencia y racismo
Tal ha sido la herencia ideológica que recibimos y reproducimos a veces, incluso de forma inconsciente.
“El negro cubano tiene raíz africana y cultura europea —dice el intelectual Juan Felipe Benemelis — … El blanco cubano tiene raíz europea y cultura europea…”
Hablando sin tapujos, Cuba ha pecado de admirar a Europa antes que al Caribe, donde está anclada: todavía hoy se ve mejor admitirse latino-europeo que afrocaribeño, porque así lo aprendimos desde hace muchísimo tiempo.
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