“Señores: la hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!”. Así comenzó todo, y días más tarde, el 10 de octubre de 1868, prendía la llama redentora en el ingenio Demajagua, que ha marcado el destino como nervio vital de la resistencia y el espíritu del país. Allí él, Bartolomé Masó y sus seguidores liberaron a los negros esclavos que eran de su propiedad.
El 27 de octubre de 1873, la Cámara de Representantes depuso del cargo de Presidente de la República en Armas a Carlos Manuel de Céspedes durante una reunión celebrada con quorum mínimo en el poblado de Bijagual de Jiguaní, lugar que hoy yace sumergido bajo las aguas de la represa que lleva su nombre. Desde ese momento hasta el día de su muerte, muchas noticias amargaron su espíritu.
Aunque algunos de sus actos recibieron juicios adversos, todos estuvieron apegados a su conciencia y a un elevado concepto del deber. Cuatro años después de su destitución, aunque considerase injusto el proceder seguido, subrayó que había acatado la Ley, palabra que destaca en la última frase de su diario, escrita el mismo día de su caída.
Con solo 55 años y pobre, se auxiliaba de la rama de un árbol para andar por el monte donde vivía, rodeado solo de pocos fieles, esperando la llegada del pasaporte para salir del territorio de Cuba Libre para reunirse con su segunda esposa y conocer a sus hijos gemelos en Estados Unidos. En tanto, enseñaba a leer y escribir a los campesinos del lugar, y a ratos jugaba ajedrez.
Sus enemigos supieron que el “Presidente viejo”, como le llamaban, estaba en San Lorenzo y comenzaron a buscarlo sigilosamente. El Padre de la Patria permanecía solo con Francisca (Panchita) Rodríguez, cuando una niña que iba a pedirles sal les avisó que soldados españoles rondaban por los alrededores. Carlitos, su otro hijo del primer matrimonio, y su guardaespaldas José Lacret Morlot estaban circunstancialmente lejos.
Revólver en mano, Céspedes decide internarse en el monte repleto de abrojos y espinas, ascendiendo hasta el peñón. Y allá se derrumba por el barranco hacia el precipicio. Así describe el afamado educador e historiador Eusebio Leal el final del insigne personaje que preludió el camino de la independencia cubana:
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