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Sorprende en estas primeras décadas del siglo XXI la mentalidad de muchas personas que, pretendiendo estar a la vanguardia, sostienen y alientan actitudes asombrosamente viejas.
Son aquellos y aquellas que siguen a estas alturas proclamando que “el fin justifica los medios”, de manera que si una mujer desea vivir más cómodamente, lo mejor que puede hacer es “encontrar un hombre” que la mantenga, y asunto terminado.
Uno se pregunta entonces qué ocurrió con la inteligencia, el tesón, el talento, la estima propia y todas las demás virtudes que sus mayores tenían la obligación de enseñarle.
Nada, absolutamente nada, puede explicar en Cuba el que alguien, sea hombre o mujer, se entregue a otro por el simple hecho de que así “va a estar mejor”, olvidando que el acto de cambiar favores sexuales por dinero, se llamó, se llama y se llamará prostituirse, No importa si es con diez todas las noches o con uno solo, el esposo ”escogido” por la cantidad de plata en sus bolsillos.
Es cierto que no siempre podemos vivir como añoramos, pero también es verdad que es mucho mejor obtener lo que queremos trabajando en cualquier empleo honrado.
Da pena observar que mientras millones de niñas en el mundo son obligadas a prostituirse so pena de muerte, haya todavía quienes optan por la salida “fácil” simplemente porque no tienen el coraje de imponerse a la adversidad y comprender que es preferible tener un poquito menos de comodidad y conservar la propia estima, antes que degradarse y hacer añicos su espiritualidad.
Muchas mujeres vivieron en Cuba durante el machadato, una de las peores épocas de nuestra historia, y supieron atravesarla manteniendo intacto su honor. Muchas mujeres vivieron los años 90, cuando golpeó, y duro, la crisis económica, y pudieron hacerlo sin envilecerse.
Toca a la familia educar a sus hijos e hijas en este sentido, inculcándoles que el trabajo honrado es el único medio verdadero para llegar con orgullo al fin que buscamos


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