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Este 6 de febrero Camilo Cienfuegos Gorriarán celebra el aniversario 82 de su onomástico entre nosotros construyendo la paz, como lo que es: un mito del pueblo. Su imagen hoy, junto a la del Che y Mella, simboliza en el emblema de la Unión de Jóvenes Comunistas las principales tareas de un batallador justo: trabajo, lucha (el fusil) y estudio.
Lo seguimos viendo rebelde, con su gran sombrero, delgado, barbudo, ya no en la Sierra Maestra, sino en cada batalla diaria contra lo incorrecto. Lo imaginamos como líder experto, ahora como Comandante de un pueblo que se identifica con sus ideas, sus bromas, dicharachos y todo lo que lo definía como un cubano revolucionario.
Porque fue un hombre que no toleró las injusticias y luchó contra ellas, de los doce expedicionarios del Granma que quedaron con vida tras el combate de Alegría de Pío, y de los primeros en bajar de la Sierra a cumplir una misión de Fidel en los llanos, con la disciplina y valentía que lo caracterizaron en su entrega incondicional al líder máximo.
Nos reiríamos de las seguras nuevas pinceladas de humor del legendario guerrillero y bajaríamos la cabeza de vergüenza cuando con moral nos señalara de nuevo el camino correcto, que podríamos haber abandonado por cualquier motivo. Porque aquel niño, el menor de tres hermanos, nacido en 1932, en la barriada capitalina de Lawton, es uno más en la defensa de la Patria que ayudó a construir.
Además, el cubano cotidiano se identifica con el Héroe de Yaguajay porque se le puede imitar; lo ve como uno más entre la masa de empleados de comercio, detrás del mostrador de ropa para hombres de la calle Reina hasta que se unió a la Revolución que triunfó el Primero de Enero de 1959; como lavaplatos de un restaurante en Nueva York cuando conoció a Fidel Castro y viajó a México para entrenarse junto a Raúl Castro, el Che Guevara, Ramiro Valdés, Juan Almeida y otros que vendrían en el yate Granma a liberar a Cuba.
También es la imagen del pueblo, como lo definiera el Guerrillero Heroico, por sus discusiones ideológicas, los eternos chistes, porque recitaba a Lorca, cantaba canciones cubanas y se enamoraba todos los días, según constata Jorge Ricardo Masetti en su crónica sobre Camilo Cienfuegos publicada en el periódico argentino Crítica, el 15 de noviembre de 1959.
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