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Eso no se lo escuché a un respetable octogenario en la cola de la papa ni durante el abordaje a un ómnibus, aunque hubiese podido ocurrir. Así se han expresado muchísimos ancianos —y no tan ancianos— a lo largo de la historia de la Humanidad.
Desde su nacimiento, las literaturas clásicas están repletas de reproches o consejos a los jóvenes. Una de las primeras muestras son las famosas Instrucciones de Ptahotep, en las que un escriba recomienda a los mozos egipcios “el acomodamiento a las normas sociales”. Aristóteles le dedicó a su hijo Nicómaco un tratado de Ética
Las nuevas generaciones fueron criticadas por preferir al dios Atón en el Antiguo Egipto, lucir capas cortas en cierto momento de la Edad Media, vestir a la moda occidental en los países del Asia oriental, llevar los varones el pelo largo en la Cuba de los 60, en fin, por casi cualquier cosa que no se atreven a usar o hacer los mayores. Seguro algún cavernícola guardián del fuego regañó al innovador —más joven presumiblemente— que se puso a golpear dos piedras para ver qué salía.
Hay que reconocer que los ancianos no critican por maldad, y por fortuna, siempre han existido muchos que uno duda si darles tan solemne título. Según la historia, Sócrates a los setenta años fue condenado a suicidarse por corromper a los muchachones atenienses; en realidad solo les enseñaba a pensar con cabeza propia.
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