Ambrose Bierce, genial escritor estadounidense, con setenta y uno e indestructible entusiasmo juvenil, se lanzó a la Revolución Mexicana y se convirtió en leyenda. ¡Benditos viejucos!
Entre nosotros, Martí —hombre maduro, no llegó a lo que hoy llamamos tercera edad— dijo que los niños, y por extensión los jóvenes, son la esperanza del mundo. Después, Enrique José Varona —raro ejemplo de radicalización del pensamiento a medida que envejecía— apuntó: “¡Pasmoso edificio el de la civilización. Siempre le estamos echando los cimientos!”. Está casi de más decir que los eternos constructores de cimientos son precisamente los jóvenes. Y en nuestros días, Fidel nunca ha dejado de confiar en ellos.
En cualquier caso, no creo que nuestras nuevas generaciones vayan por rutas extraviadas, y si alguien cree que ese es el caso haría bien en tener en cuenta las palabras de Roberto Fernández Retamar: “La juventud no se ha perdido a sí misma. Lo que hizo fue seguirnos a nosotros, los mayores, que ya avanzábamos por un camino equivocado”.
Por ese camino, los de menos edad siguieron—y en ocasiones adelantaron— a sus progenitores en la manigua, la Revolución del 30, la Sierra y el Llano, la Alfabetización, Girón, la Zafra de los Diez Millones, las misiones internacionalistas, la rectificación de errores, el período especial y hoy, en la actualización del modelo económico.
En todas las épocas los jóvenes se han visto ante dos grandes retos: darle continuidad a lo alcanzado por sus predecesores y, al mismo tiempo, crear lo nuevo. Hasta ahora siempre han salido airosos.


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