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Un trasatlántico como nunca se ha visto se hunde rápidamente; una nave espacial se deshace a solo segundos de su despegue; un avión de avanzada tecnología se vuelve loco y cae al océano…
Recuperados del trauma inicial, autoridades y propietarios forman comisiones para analizar qué pasó la noche del 14 al 15 de abril de 1912 durante la única travesía del Titanic, o el 28 de enero de 1986, en los fatídicos 73 segundos del transbordador espacial Challenger, o el 2 de octubre de 1996 en el vuelo nocturno 603 del Boeing 757-200 de Aeroperú.
Ahora se conoce que no fue el mítico iceberg el que hundió al Titanic, sino un fallo en el diseño de los remaches que resultaron demasiado frágiles, al ser de hierro y no de acero, lo cual habría dado tiempo para rescatar a mayor número de pasajeros.
En cuanto al Challenger, el defectuoso diseño de las juntas tóricas y las bajas temperaturas en el momento del lanzamiento permitieron la salida de los gases generados en los aceleradores, y con ello, la desintegración de la nave.
El sistema de navegación del Boeing 757-200 transmitió los datos equivocados porque los orificios del portalón habían sido tapados con cinta autoadhesiva mientras les daban mantenimiento y luego se olvidaron de quitarla.
Tales reportes contribuyen a entender cada evento; en conjunto, demuestran que desde la incapacidad del proveedor para entregar el material adecuado, ignorar un fallo potencialmente catastrófico o no inspeccionar como se debe un mantenimiento, cualquier error puede costar vidas, porque, ciertamente, no hay oficio pequeño.


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