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El bienestar y los derechos de los niños han constituido una de las preocupaciones centrales de la ONU desde su creación hace más de medio siglo. Lamentablemente, ello no ha implicado mejoría alguna en la situación de millones de pequeños en todo el mundo.
De forma específica tales derechos aparecen recogidos en la Declaración sobre los Derechos del Niño, adoptada en 1959, uno de cuyos preceptos establece que ”la Humanidad debe al niño lo mejor que puede darle”. La necesidad de dar carácter de ley a estos principios llevó a aprobar la Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada unánimemente por la ONU el 20 de noviembre de 1990, y que ha sido suscrita por más de 167 países. Pero, evidentemente, la simple firma de documentos no basta para que los niños reciban, precisamente, lo mejor que la Humanidad pueda ofrecerles.
A cada minuto recorren el planeta noticias sobre monstruosas acciones ejercidas contra menores, desde abuso sexual y suministro de drogas, hasta la explotación despiadada de su trabajo. El mundo de hoy no ha resuelto que los niños puedan vivir de forma humana, y en ello incide, dolorosamente, la indiferencia de los más ricos hacia las condiciones inhumanas de la vida cotidiana de millones de pequeños en los países en desarrollo.
La nación más poderosa de la Tierra, los Estados Unidos, es un ejemplo más que negativo en este sentido, y en los últimos tiempos han conmocionado al mundo los violentos hechos criminales protagonizados por menores norteamericanos. Paradójicamente, la superpotencia que se erige en juez supremo de los derechos humanos en el planeta, es la única que no ha suscrito la Convención.
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