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Arte

Nostalgia de Santa Camila
Con "Santa Camila de la Habana Vieja", de José Ramón Brene, entraba de una vez y por todas la realidad al espacio teatral cubano, desbancando a los melodramas decadentes e irreconocibles, y a las deformaciones del vernáculo

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23 Mayo 2016

 

Corría el año 1962 y aún retumbaban en las calles los vítores de una joven Revolución. Atrás quedaban las noches de cabaret y oropel, cantinas y victrola, supervivencia escudada en traicioneros billetes de lotería y sueños alimentados con radionovelas “Candado”.

Los días se vivían intensamente, pero apenas tres primaveras no alcanzaban para consolidar un proyecto social pletórico de imperfecciones, herencia directa de un pasado de explotación.

En ese contexto de luces y sombras hace su entrada triunfal un clásico de la escena cubana.

Cuentan que la parada de ómnibus del teatro Mella, ubicado en el capitalino barrio del Vedado, pasó de repente a llamarse “La parada de Santa Camila”.

Muchos rememoran ese fenómeno de aceptación popular, aludiendo a las kilométricas colas, los comentarios que se reproducían en las calles, el mito en torno a un joven autor y un personaje de armas tomar, creciendo hasta el infinito.

Con “Santa Camila de la Habana Vieja”, debut como dramaturgo de José Ramón Brene(1927-1990), entraba de una vez y por todas la realidad, en estado puro, al espacio teatral de la isla, desbancando a los melodramas decadentes e irreconocibles, y a las deformaciones del vernáculo, que convertían las tablas cubanas en un terreno de mero escapismo y evasión.

Traspasar las puertas del Mella en la etapa de “Santa Camila...” implicaba enfrentar un espejo que nos desnudaba como individuos y como nación.

Durante varios meses no se habló de otra cosa que de Ñico y Camila: él, chulo redimido, machista devenido mártir de la moral, jugador arrepentido buscando subvertir los estragos de su ignorancia con una férrea voluntad por superarse.

Ella, mujer ardiente, armada de una devoción innegociable por sus orishas y por su hombre, capaz de navegar en el lodo con tal de retenerlo, rival enfebrecida de una nueva sociedad que amenazaba día y noche con arrancarlo de su lado.

Las exigencias del contexto revolucionario bifurcaban los caminos de estos personajes, protagonistas de riñas antológicas que estremecían cada tarde los cimientos del Mella. Luego Camila sacudía los caracoles, enfrentaba a sus ídolos, y volvía a concretarse el idilio de los amantes.

Según apuntó en una ocasión el periodista y escritor cubano Rine Leal (1930), con esta obra se planteaba por primera vez “la problemática familiar en un marco de contradicciones nacidas de la Revolución (...) surgía el reflejo artístico del choque entre la nueva concepción social y la vieja estructura mental”. 1
.
Leal agrega que ante el estreno de la pieza no tuvo otra opción que exclamar: “¡Ojo con José R. Brene! Ahí hay un autor”.2 Y no estaba equivocado: aquel novel creador, fogueado en un seminario de dramaturgia al que también asistieron Nicolás Dorr, Eugenio Hernández, y Gerardo Fulleda León, inauguró una sólida carrera dentro de la que destacarían títulos como “Pasado a la criolla”, “Fray Sabino” y “ El gallo de San Isidro”, entre otros muchos.

Con ellos Brene se adentró en los vericuetos de la realidad, dando voz a personajes marginados, de presencia casi nula en la escena cubana anterior. Prueba de ello lo constituyó Camila, una genuina representante de pueblo, despojada del halo dorado que suele acompañar a los héroes, llena de rezagos de mentalidad y contradicciones, pero humanizada en su pasión por el marido y la determinación para ayudar a sus semejantes, virtudes que la convirtieron rápidamente en una leyenda del teatro en la mayor de las Antillas.

Este personaje ejemplifica fehacientemente la aguda percepción de Brene del contexto en que se movía, asumido por el autor con aguda ironía, mezclando humor criollo y drama intenso, corriente también explotada por luminarias del género como Virgilio Piñera, Abelardo Estorino o Héctor Quintero.

Esa peculiar simbiosis tuvo su justificación en el deseo del dramaturgo por expresar lo nacional, meta que lo obsesionó siempre. En entrevista concedida en 1963 a La Gaceta de Cuba, Brene señaló:

“Lo cubano en mi teatro soy yo. ¿No soy cubano reyoyo? Entonces, todo lo que salga de mi teatro, malo o bueno, correcto o equivocado, es cubano. Si me dedique a escribir teatro fue precisamente para ello, dar expresión a todo lo que llevo de cubano”.3

Para la posteridad quedará entonces “Santa Camila...”, una imagen fiel en la cual podremos reconocernos y uno de los gestos trascendentales que comenzaron a consolidar, en la década del 60 del pasado siglo, el Nuevo Teatro Revolucionario.
 

 

Notas:
1- Brene, José Ramón. Pasado a la criolla y otras obras. (Selección y prólogo de Rine Leal). Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984.
2- Idem.
3- Leal, Rine. Entrevista a José Ramón Brene. Publicado en La gaceta de Cuba, núm. 19, junio 1963.

 

 

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