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¿Cómo es posible luchar por el bien de todos y no amar?
La casa es enorme y está enclavada en el recodo de una curva, un poco después del Zoológico de 26. Una tapia de metal, que la separa de la realidad, se interpuso ante nosotros. Como dos personas que van a descubrir un gran misterio, íbamos por fin a conocer a Marta Jiménez, la esposa de Fructuoso Rodríguez. 1
La primera vez que escuché de Fructuoso fue de boca de mi madre, quien me dijo que todas las muchachas de la universidad estaban enamoradas de él. Luego supimos que era un hombre muy simpático, caballeroso y galante. En verdad lo que teníamos era la imagen de un héroe de leyendas, alguien capaz de enfrentar a los peores esbirros de aquella dictadura batistiana con la gallardía de un caballero y la fuerza de un boxeador de pesos pesados.
La lucha en la ciudad era violenta, sobre todo después de 1954 cuando Batista había arreciado su represión y no quedaba de otra que sacarlo del poder a tiros.
Fructuoso había nacido en Santo Domingo, provincia de Las Villas, y estudiaba Agronomía. Pero su labor de los últimos años lo había convertido en uno de los hombres más importantes de la lucha universitaria, haciendo junto a José Antonio Echeverría un dúo temible en cuanto a convocatoria y disposición de lucha.
Cuando cae José Antonio, no había nadie más preparado que Fructuoso para ocupar su lugar en la dirección de la FEU y del Directorio Revolucionario.2
Marta, aun hoy una mujer bella, denota en sus ojos el tiempo transcurrido en la lucha revolucionaria, y el amor que aún guarda por el héroe. Rodeada de perros y recuerdos, nos habló muy dulce y lento, de cómo sintió aquella tarde del 20 de abril de 1957 que algo se rompía dentro de su pecho.
Ella compraba unas camisas que le llevaría aquella misma noche a su esposo, pero una angustia tremenda le ahogó, y las camisas se quedaron en el mostrador de la tienda cuando ella salió de pronto corriendo. En aquel mismo momento estaban matando a su amado.
“Fructuoso y yo éramos condiscípulos, él, estudiante de Agronomía y yo de Farmacia. Compartíamos asignaturas comunes, y él comenzó a darme vueltas, y vueltas, y de pronto me sentí inmersa en las relaciones y en él. Mi familia se opuso al noviazgo (por demás fugaz, pues no teníamos mucho tiempo) porque él era mulato y después porque querían ‘evitarme la vida azarosa que tenían las familias de los revolucionarios’.
“Un día me dijo: ‘Nos casamos’. Me compré un traje de bodas, fuimos a casa de Ricardito Bianchi y Josefina, tíos de José Antonio, donde me vestí. Nos casamos el 27 de julio de 1956. Él telefoneó a mi padre; sin más, le anunció el hecho y partimos al Lago de Mayajigua a nuestra luna de miel.
“Al regreso, tarde en la noche sin anuncio previo, fuimos a mi casa. Mi padre abrió la puerta, le dio un fuerte y estrecho abrazo y le dijo: ‘Usted ahora es mi hijo’”. 3
Las fotos pasan delante de nuestros ojos y nos adentramos poco a poco en aquella vida de riesgos y peligros, en aquellos momentos en que, perseguidos por la policía y sentenciados ya, reían y festejaban el amor en aquel bufete en que se celebraron las bodas. ¿El testigo? José Antonio.
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