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Arte

Otra vez Cecilia Valdés en la Loma del Ángel
Parece que ahora mismo comenzará a escucharse el rítmico sonido de sus parleras chancletas en diálogo íntimo con los adoquines de plazas, plazuelas y calles de La Habana Vieja

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23 Ago 2015

 

 

 

Parece que ahora mismo comenzará a escucharse el rítmico sonido de sus parleras chancletas en diálogo íntimo con los adoquines de plazas, plazuelas y calles de La Habana Vieja.

Es como si la sensual mulata de perfil griego saliera con los brazos a la cintura y el chal lánguidamentependiente de codo a codo,  a vendimiar su habitual cosecha de requiebros y exclamaciones más subidas de tono que entre el universo masculino levantaba su hermosa figura, contoneándose por San Cristóbal de La Habana, tal como la describió Cirilo Villaverde en su novela.

Pero otra vez guarda en su seno un entrañable secreto, porque esta mulata habanera podría decirse que está predestinada para que tras su desenfadada apariencia esconda una paradójica  mezcla de alegrías y pesares.

Esta vez acaba de salir de la Iglesia del Santo Ángel Custodio, está justo a escasos metros del atrio, sin cargar la condena de la tragedia, para acompañar a todo aquel que encuentre con ánimos de conocer a una de las más recientes ciudades maravilla, según a principios de diciembre dio a conocer la iniciativa New7wonders.

Ojalá que a pesar de llevar el atuendo que Víctor Patricio de Landaluze puso a su “Mulata de rumba”, la nueva Cecilia rompa el maleficio centenario que carga el mestizaje, visto desde ojos prejuiciosos y mojigatos.

Avatares para el nacimiento de esta Cecilia
Las mujeres hermosas suelen hacerse las difíciles, y Cecilia no podría ser menos; bien lo sabe el artista Erig Rebull, a quien le tomó dos años hacer esta, su primera estatua fundida en bronce, y en ese ínterin muchas cosas le pasaron.

La más dura fue perder de una enfermedad  fulminante  a su joven esposa de 32 años, Gisell Fundora, primera modelo para esta obra; después lidiar con la creación de la escultura, integrada por 18 piezas soldadas minuciosamente y algunas de ellas fundidas y vueltas a fundir más de una vez.

Erig afirma que si no fuera por la confluencia de bondades y amistades, nunca hubiera podido concluirla, y a su lista de gratitudes suma, en primer lugar, a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana —que le hizo el encargo—, y después al cercano grupo de amigos que directamente colaboró en todo el proceso; al maestro escultor Lázaro Navarrete, esencial desde los pasos iniciales, con sus consejos técnicos y prácticos, desde prestarle sus herramientas y su taller de Arroyo Naranjo y acceder a construir un horno mayor porque la pieza no cabía en el existente, así como fabricar otro crisol más grande para verter el metal.

 

 

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