En La Habana se establecieron contactos para imprimir el alegato del dr. Fidel Castro Ruz, líder de las acciones del Moncada, titulado “La Historia me absolverá”.
Cuando Fidel salió de presidio, Sergio se entrevistó con él y puso a su disposición la imprenta; también le expresó sus deseos de integrarse al Movimiento. A partir de ahí el referido local se convirtió en una especie de cuartel general de la lucha clandestina. Salieron de sus máquinas los Manifiestos 1 y 2, así como el periódico "El Aldabonazo".
Y la imprenta se transformó en refugio. Allí se escondieron Ñico López y todo revolucionario que lo necesitó, pues era un local seguro.
Señalan algunos estudiosos del tema que según avanzaba y se radicalizaba la lucha, los cuerpos represivos acrecentaban las persecuciones. El entonces Jefe de la Policía había dicho: "Candela al jarro, hasta que suelte el fondo. Prisioneros, no; muertos, sí"
Cada acción —el desembarco del Granma, el alzamiento del 30 de noviembre en Santiago de Cuba, el ataque al Palacio Presidencial—iba desarrollando la lucha armada, y El Curita fue nombrado jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio en La Habana a fines de 1957.
A partir de abril de ese año, El Curita se convirtió en blanco de atención de los sicarios del régimen, fundamentalmente luego de que organizara una acción para entorpecer un acto que se efectuaba frente al Palacio Presidencial. El rebelde joven fue detenido y enviado al Castillo del Príncipe, donde inmediatamente se incorporó a una huelga de hambre que se realizaba para solidarizarse con los compañeros encarcelados en la entonces Isla de Pinos.
En octubre Sergio se escapó de la cárcel y continuó su tarea clandestina. Concibió y organizó la ejecución de varios sabotajes y acciones que crearon gran conmoción, entre ellos el realizado a una compañía petrolera norteamericana, el estallido de decenas de bombas en diferentes puntos de La Habana sin que ningún civil saliera dañado, y el asalto a la Cámara de Compensaciones del Banco Nacional.
Redoblada su búsqueda, fue apresado nuevamente el 18 de marzo de 1958 y su cadáver apareció al día siguiente en un apartado barrio de la capital cubana.
La Patria adolorida había perdido a uno más de sus mejores hijos. La sangre justa bañaría su suelo. El Curita fue brutalmente torturado, pero de sus labios no brotó una palabra ni para clamar por su vida y menos aún para traicionar a sus hermanos de lucha.
Ante su muerte podemos decir lo que se puede leer en una tarja que mantiene el recuerdo del lugar donde cayeron otros jóvenes asesinados por los esbirros de Batista:
"A los mártires del silencio que resistieron hasta la muerte las torturas de la dictadura batistiana sin el sonrojo de la delación. Pensaron que morir por la Patria es fácil; lo difícil es vivir sin ella".
| (Tomado de www.radioprogreso.cu) |


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