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La noche de un sábado, 15 años y Yoel tropezó con una puerta tras la cual le prometían paraísos nunca soñados. Lo hizo porque quería estar en onda, sentirse el centro del grupo y convertirse en el chico más codiciado por las muchachas del barrio. Al principio fue solo un poco, después quiso más... y más. Pronto llegó a una adicción total. Una sobredosis lo puso la borde de la muerte.
“Por embullo y curiosidad entré a este mundo. Me enganché fácil y me convertí en un adicto. El dinero que ganaba en el agromercado donde trabajaba y el que me mandaba mi papá del extranjero los gastaba en drogas. No me interesaba nada más: ni fiestas… ni amigos… ni novia siquiera.
“Todas las noches le inventaba un cuento diferente a mi mamá, le decía que iba a salir con una muchacha o que iba a descargar con unos amigos y me metía en cualquier sitio para drogarme. Lo hacía para despejar y alejarme de la realidad.
“Un día mi madre me sorprendió, y en mi propia casa. Discutimos, yo le grité cosas terribles y ella lloró mucho. Le dije que quería dejarlo. Me prometí a mí mismo alejarme de las drogas, pero solo lo haría después de consumir lo que ya había comprado, esa no la botaría y mucho menos la regalaría.
“Fue una decisión tramposa, que me hizo consumir en una noche todo lo que tenía y me colocó en los brazos de la muerte. Recuerdo los gritos de mi madre y la fuerte angustia de toda mi familia. Era como un sueño, pero un sueño real. Se trataba del terrible sueño de las drogas”.
Hoy, Yoel lucha por rehabilitarse y para ello cuenta con el apoyo de especialistas y de su familia. Pero si engancharse le resultó fácil, salir de la adicción requiere de tiempo, esfuerzo y buena voluntad.
“Desde que hice el tratamiento no he consumido más. Tal vez a largo plazo pueda dejarla para siempre”.
Una novia celosa
Envuelven, después atrapan y terminan por destruir al individuo. Las drogas son como novias celosas que luchan por alejar a sus parejas de cualquier realidad que no sea ellas mismas. Con el paso del tiempo, estas sustancias tóxicas ocupan un lugar tan importante en la vida de las personas consumidoras, que impiden su desarrollo futuro, ya sea profesional o social.
Para Abel Ponce Delgado, joven profesor de Psicología de la Universidad de La Habana que desde hace tiempo investiga sobre el tema, la adolescencia es una etapa especialmente vulnerable.
“Se trata de un período que se caracteriza por la necesidad de vivir nuevas experiencias y sensaciones fuertes. En estos años, el joven busca reafirmar su pertenencia a un grupo, trata de evadir problemas, lucha por diferenciarse de los adultos y se rebela ante la realidad familiar y social. No es casual entonces que muchas de las personas que hoy son adictas, tuvieran su primera experiencia de ese tipo durante su adolescencia”,
Estudios realizados demuestran que las causas mayormente asociadas a los primeros contactos de los jóvenes con las drogas son la simple curiosidad y la desinformación con respecto al tema. No obstante, a nivel familiar y social pueden ocurrir situaciones que abran las puertas a este fenómeno. Hablamos, por ejemplo, de desavenencia familiar, incomunicación entre padres e hijos, presencia de alcoholismo o consumo de drogas en los hogares, y la falta de orientación para la búsqueda de alternativas y espacios sanos para la recreación.
Más allá de los conflictos familiares y cualquier descontento de tipo social, el consumo de sustancias tóxicas se relaciona con factores de carácter individual, como bajo nivel de autoestima, impulsividad, poca tolerancia ante la frustración, dificultad para tomar decisiones, inestabilidad emocional, e incluso, antecedentes psiquiátricos.
Placer que mata
Ella habla y cuesta trabajo que mire a los ojos de quien la escucha. Para esta joven adicta de solo 18 años, el mundo de las drogas es un mundo de mentiras y de mentirosos, un mundo al que llegó por primera vez a los 14 años.
“Al principio parecía divertido… Yo estudio música y un amigo que ya consumía empezó a repasarme algunas lecciones de guitarra y me dio a probar marihuana. Fue la droga con la que me enganché; después probé otras y sin darme cuenta el consumo fue aumentando y ya no podía vivir sin ellas.
“Me convertí en una persona con la que no se podía hablar; comenzaron los problemas en la casa, discusiones con mi mamá y hasta robé para pagar mi adicción. Perdí amistades, gente linda que se cansaron de aconsejarme y al final decidieron apartarse.
“Hace cuatro meses que llegué a la consulta de rehabilitación y me ha ido bien. Esto es durísimo. Ya tuve una recaída, pero sí, creo que he mejorado… y mucho”.
Según el licenciado Ponce, la mayoría de los jóvenes que consumen drogas habitualmente comienzan igual: primero el sábalo o el domingo, después los demás días de la semana, hasta que llegan a la adicción total. Poco a poco pierden el control y aparece en ellos el fenómeno de la tolerancia, es decir, cada vez necesitan más droga para lograr las “buenas sensaciones”.
“Llega el momento en que tienen que comprar más y más. Los gastos son demasiado grandes y empiezan a romper con patrones morales establecidos. Venden sus ropas, los efectos eléctricos de la casa y hasta roban. En fin, son capaces de hacer cualquier cosa, aunque después se sientan las personas más infelices de la Tierra”, explica el especialista.
Las drogas acarrean no solo problemas sociales y legales, sino que también afectan en gran medida la salud del individuo. Como sustancias que crean dependencia y tolerancia conducen a consecuencias devastadoras en el organismo humano. El adicto atraviesa con frecuencia períodos de depresión, ansiedad, insomnio, diluciones sexuales y afecciones en los procesos de memoria, atención y percepción.
Jorge tiene 20 años y consume desde los 16. Hace solo horas que se drogó y sus pupilas aún están dilatadas, sus ojos enrojecidos y sobresaltados… Es un joven muy delgado y pálido. Quiso evadirse de la realidad. Perdió a su novia y eso lo ha hecho sentirse muy infeliz. Pensaba ser un gran pintor, pero la droga lo alejó de los pinceles y las musas.
“Yo quisiera que me hospitalizaran, Esto me ha dejado muchas secuelas. He perdido tantas cosas: la paciencia, mi capacidad de aceptar, de vivir”.
Claro que estas transformaciones afectan no solo al consumidor, sino también a quienes se relacionan con él. Por lo general, la persona que se inicia en el consumo se aísla, y la sociedad, una vez que conoce su adicción, tiende también a aislarlo.
“Alrededor de ellos —afirma Abel Ponce— hay un grupo que se está desintegrando y que necesita una atención especializada. Hablamos de la familia, la pareja, los amigos… Ellos pierden la tranquilidad, se angustian, se deprimen. Todas estas personas, que bajo ninguna circunstancia abandonarán al adicto, se patologizan mucho”.
¿Buen amigo?
Los padres de Mariana son fuertes. Muy fuertes. Hablan de su hija y el recuerdo de los años felices no se aparta de ellos. Es la madre quien nos cuenta:
“Siempre quisimos tenerla y ella fue una pequeña cariñosa, educada, le gustaba estudiar. El cambio de Mariana sucedió en el instituto tecnológico. Suspendió asignaturas y de repente nos dijo que quería trabajar y tener dinero. Empezó a ayudar a un conocido de la familia en una cafetería particular y muy pronto notamos que nuestra hija ya no era la misma. Llegaba tarde a la casa, vendía su ropa, casi no hablaba con nosotros y cuando lo hacía era para ofendernos o agredirnos.
“Sabemos que nuestra hija es adicta; sin embargo, ella lo niega. Queremos que se cure, pero si no pone de su parte, cualquier intento será en vano. Alguien sin escrúpulos la metió en ese mundo y no pararemos hasta que pague todo el daño que le ha hecho a nuestra hija”.
En toda esta historia hay un personaje fundamental: el “buen amigo”. Nos dice el psicólogo Abel Ponce que este es el llamado expendedor, una persona que especula con la vida de los demás. Comienza por regalarle al joven una dosis que, según el propio muchacho, produce una supuesta satisfacción psicológica. Después les presenta a otros amigos más liberales en su manera de actuar, a quienes poco o nada les preocupa el futuro, y por tanto, no tienen metas hacia dónde ir. Es un mundo de falsas diversiones y libertades.
“Poco a poco el joven pierde el control. El 'buen amigo' conoce este mecanismo y lo sabe utilizar a u favor. Hay que saber reconocer a estos personajes, cerrarles el cero, ser implacables con ellos”.
Vivir, solo vivir
El hacerse preguntas una y mil veces es un hecho cotidiano en las familias de los jóvenes adictos. Quizás la más recurrente de todas sea: ¿cómo ayudar a mi hijo, mi novio, mi hermano…? Muchos se preguntan si hay salida.
Sí, la hay. Los interesados pueden encontrarla en los centros especializados que existen a todo lo largo del país, donde psicólogos y psiquiatras se esmeran en la rehabilitación de sus pacientes. Sin embargo, la verdadera cura está más cercana a nosotros. Es la prevención.
La familia, la escuela y la comunidad son en estos momentos los principales médicos. Ellos son quienes de mejor manera pueden informar al joven, comprenderlo y compartir sus inquietudes.
“Para vivir —nos dice finalmente Jorge— no hacen falta las drogas. Es tonto creer que con una hierba, un polvo o una pastilla vas a resolver los problemas. Esto mata, te destruye psicológica y físicamente... Te roba tiempo, inteligencia y vida”.


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