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Nacemos con un cuerpo diseñado para experimentar diversas sensaciones. Ante este imperativo, poco importa si eres hombre o mujer, porque esa máxima biológica se extiende a todos.
No obstante, cuando de relaciones y hábitos sexuales se trata, la sociedad activa una alarma especial, desoyendo en ocasiones el lógico funcionamiento del organismo.
Comienzan así las delimitaciones, imposiciones y discriminaciones, en las cuales las mujeres solemos ser las más desfavorecidas, porque determinadas normas culturales han opacado históricamente el disfrute pleno de nuestra sexualidad.
Así, la educación y orientación que al respecto hemos recibido resultan restringidas al compararlas con las del varón. Como resultado, solemos crecer rodeadas de falsas creencias que pueden lastrar un goce pleno.
Ahora bien, dentro del gran universo de la sexualidad existen algunos caminos que sobresalen por los criterios que suscitan. Tal es el caso de la satanizada, mal mirada, rebajada, difamada, pero placentera masturbación.
Como otros actos vinculados con nuestro erotismo, el también llamado “vicio solitario”, aún hoy se acompaña de gran polémica, y su sola mención exacerba los ánimos, aunque haya quedado demostrada su pertinencia como parte del proceso de comprender y entender el cuerpo y las sensaciones humanas.
Deseo envilecido
En los albores del pasado siglo XX, ya la medicina, la psicología y otras ciencias sentenciaban que la masturbación no producía daños sustanciales, y la catalogaban como normal. Sin embargo, antes de llegar a este punto, parte significativa de voces autorizadas —religiones, parlamentos, doctores, maestros—, afirmaban que era un acto inmoral.
¿Por qué?
Desde los primeros intentos por explicar la función o utilidad del acto sexual, se convino que este nos fue “propiciado” para perpetuar la especie. Por tanto, casi todo hábito sexual que no tuviese ese fin era sometido a oposiciones acérrimas. Bajo este halo, la autogratificación masculina quedó condenada o etiquetada como inservible, pues no era más que una emisión de semen sin fines reproductivos, por ende constituía un acto innecesario.
¿Qué decir entonces de la masturbación femenina? Por supuesto que era menos apropiada, ya que el cuerpo de ellas se supeditaba a las necesidades masculinas y sociales, además de que no se le atribuía la capacidad de experimentar placer.
Esta y otras aseveraciones rigieron durante varias centurias, pero serían insuficientes ante el impulso biológico de autosatisfacerse.
En el siglo XVIII, al supuesto daño moral se sumó el físico para que el miedo paralizara aquel acto humano, y comenzaron los constantes y crecientes inventarios de enfermedades asociadas a ella, ideándose diversos métodos para evitarla y contrarrestarla, e igualmente para descubrir a quienes caían en tentación.
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