En países angloparlantes se llegó al extremo de circuncidar a los recién nacidos como medida preventiva, y extirpar el clítoris a aquellas sorprendidas in fraganti, cualquiera que fuera su edad. Los dolorosos y traumáticos métodos incluían—además— descargas eléctricas, guantes ásperos y aditamentos especiales que impedían acceder a los genitales.
Pasadas varias décadas, se fueron incrementando procedimientos, pero comenzaron a enfilarse más hacia el terror o manipulación psicológica. Por solo citar algunos ejemplos, muchas culturas atemorizaban a niños y niñas, asegurando que de juguetear con “sus sexos” les crecerían pelos en las manos, el rostro se les llenaría de granos o tornaría verde, podría secársele el pene o el clítoris, e incluso, sufrir atroces estados de locura. En fin, todo un largo listado de calamidades de las que nadie quería ser blanco.
Tiempo costó a la sexología abrirse espacio en aquel oscuro entramado, y solo a principios del siglo XX comenzó a hacerse la luz sobre una de las más viejas prácticas sexuales humanas que llegó a ser, incluso, catalogada como “elemento destructor de la sociedad civilizada”.
Si bien han transcurrido años desde que las citadas técnicas dejaron de emplearse, el daño psicológico latente impide que todavía, principalmente las mujeres, disfrutemos de un placer que no debe llevar ninguna sombra de culpa.
Yo, la peor de todas
“Cuando una mujer se masturba es debido a insatisfacción sexual con su pareja, ya sea por mala calidad o insuficiente frecuencia del acto sexual, por tanto pierde el deseo”.
Este es el motivo principal que atribuyen a la masturbación femenina diversas encuestas y estudios encontrados en sitios y páginas webs que abordan el tema, criterio que fue igualmente sostenido por algunas personas que sobrepasaban los cuarenta años de edad encuestados en la capital cubana.
Por su parte, un grupo de estudiantes de la enseñanza media sostiene razonamientos más flexibles, alegando que, además, la masturbación puede ser parte de los juegos sexuales o “para cuando uno no tenga con quién estar”.
Sin embargo, sorprende que mayoritariamente mostraran alguna conformidad con la primera afirmación, a pesar de pertenecer a una generación permeada por afirmaciones más abiertas y desprejuiciadas sobre el erotismo. Y es que, aunque la actual educación sexual intenta transformar mentalidades, más de veinte siglos contra apenas unas décadas es todavía insuficiente para obrar grandes cambios.
Ejemplifiquemos: Si ahora mismo deconstruyéramos algunos diálogos femeninos, no debe sorprender que la autogratificación quede en penumbras.
Desde niñas, rememoremos, entre las amigas se ponen a la luz los más recónditos pensamientos. De los amores, odios, intimidades familiares, primeras relaciones sexuales, queda expuesto hasta el más mínimo detalle, pero algo se mantiene oculto: la autogratificación.
Muchas, si la emplean, piensan que algo así debe permanecer entre sábanas, y si alguien preguntase, se prefiere el silencio o una rotunda negación. Contrariamente, no se indaga si un hombre se ha masturbado alguna vez. Se da por hecho, forma parte del ser varón.
Recordemos los regaños de padres y madres si una pequeña intenta tocarse, mientras los varones son celebrados, incluso con juegos en los cuales ofrecer un pedacito del “pipi” les va inculcando el alto valor de su pene.
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