¿Y al final, qué? ¿Es que saben más esos chicos, están mejor preparados, son más seguros, independientes, responsables y capaces? ¿O será que, queriendo ayudar y hacerles bien, sus amantísimos y preocupados padres ocasionan un terrible daño?
Sí, el aprendizaje es una construcción personal, consecuencia directa del estudio, pero a aprender y a estudiar —como a todo lo demás— se ha de enseñar y ha de aprenderse; porque nadie, ni siquiera el más superdotado, nace sabiendo, y todo eso que el aprendizaje exige del alumno —voluntad, compromiso, disciplina, esfuerzo, interés y constancia— es y será obra de la educación.
¿Transmitir conocimientos? Por supuesto, pero el proceso de enseñanza-aprendizaje es mucho más. Fijarle ese límite a su sentido y propósito reduce al alumno a la condición de objeto y caja de resonancia, exactamente lo opuesto al ser pensante, al sujeto inquieto y creativo que queremos y necesitamos formar.
Se ha de aprender, no solo para saber y repetir lo que antes otros hicieron y lograron, sino además para ser capaces de transformar y crear. Y la misión de quien enseña, entonces, debe ser guiar, acompañar, estimular y facilitar ese proceso, mediante el cual la persona adquiere habilidades y destrezas, incorpora contenidos y adopta nuevas estrategias de conocimiento y acción.
¿En la vida real es así?, cabe preguntar para llegar al meollo del asunto, y la respuesta exige mirar atentamente hacia ambos lados. Es decir, reflexionar sobre cuán poco o mucho y para qué estudian; mas, también, cuánto, cómo y para qué se les enseña.
En “Los exámenes y el programa”, artículo que debió levantar ronchas en la Cuba colonial de 1889, Enrique José Varona, tan insigne pensador y pedagogo como patriota, advertía del error de convertir “lo accesorio en principal; el examen, que no es sino una prueba, en fin y objeto de la enseñanza”. Y reflexionaba: “Se estudia para examinarse. Parece que examinarse es demostrar que se conoce en sus líneas generales y en su integridad armónica un ramo de los conocimientos humanos. Hoy examinarse es contestar con la mayor exactitud posible una, dos o tres proposiciones sacadas a la suerte, que versen sobre la ciencia en cuestión. Ni el examinado está obligado a más ni el examinador se preocupa por nada más”.
Cuánto ha llovido en estos más de 120 años y, sin embargo… Cada día de clases y cada aula tendrían que ser tiempo y espacio para el deslumbramiento y el asombro, la ilusión y la alegría, pero, ¿lo son? Como a una fiesta habría que ir cada mañana a esa escuela, que Martí definió “sabrosa y útil”. Pero, ¿tenemos esa escuela?
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