Cuando un profesor dice a sus alumnos: “Abran las libretas y copien, que esto va a examen”, justo ahí se acaba la magia y comienza el tedio. Por desgracia, esa “película” la hemos visto todos una y otra vez cuando estudiamos, lo mismo ahora que hace quién sabe cuántos años.
Cualquiera que mire atrás no puede menos que advertir las lagunas que en su formación dejaron, igual el no esforzarse en aprender, que el recibir justo el conocimiento imprescindible para aprobar y promover, y cuán poco conserva su memoria, comparativamente, de todo aquel torrente de información.
Algunas cosas fueron borrándose con el tiempo, por desuso, otras las olvidó apenas vencido el examen, semestre, año o nivel de enseñanza en que podían ser evaluadas, y contenidos y hasta asignaturas hubo que ni llegó a “guardar”, simplemente porque sabía que no iban a prueba.
Admitámoslo: Esa escuela tal y como la concibió Martí, y que no es sino la educación de excelencia que aspiramos, está aún lejos de alcanzarse. Lo que sí tenemos y han existido en cualquier época son maestros que hacen de sus clases y el proceso de enseñanza-aprendizaje algo fascinante, gratificante y placentero, que no otra cosa quiere decir ese “sabroso”.
Maestros-mentores, además de impartir materias moldean almas, inspiran, potencian lo mejor de cada alumno, alientan la sensibilidad, imaginación, autonomía de pensamiento y acción y, sin menoscabo de una autoridad que nace de la calidad profesional y humana y del ejemplo, logran hacerse querer por sus discípulos, entrar a sus vidas por la puerta grande del corazón, que es la manera más segura de llegar para quedarse.
De sus clases, ¿qué decir? Son esas que lejos de aburrir o abrumar, cautivan; que hacen que lo difícil parezca fácil y nada imposible de entender; que cuando el timbre del receso suena nadie tiene prisa por salir del aula; que tornan digerible el mayor “ladrillo”, consiguen reconciliarnos con la asignatura más odiada y hacernos ver que, como afirma el poeta brasileño Fernando Pessoa, “el binomio de Newton es tan hermoso como la Venus de Milo”.
Nombres, cifras, cronologías, fórmulas, ecuaciones, sistemas, conceptos, fenómenos, leyes, principios, cálculos, fundamentos, procesos, teorías… Claro que nada de esto falta en sus clases, pero para darles el “punto”, ellos añaden el sabor de la emoción, las anécdotas, un dato curioso, el ejemplo tangible, un referente cercano, el experimento práctico y hasta una pizca de humor…
Una enseñanza que apele más al razonamiento y la comprensión, y menos a la memorización mecánica y repetitiva; un aprendizaje significativo, que permita al alumno relacionar lo nuevo por asimilar con lo que ya sabe, para hallarle sentido: la búsqueda de ambos está en la esencia misma de los cambios y ajustes en los programas de estudios y en cuanto se hace para el perfeccionamiento del proceso de enseñanza-aprendizaje.
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