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Arte

De poeta, maestro y enamorado
La viuda del singular poeta y relevante educador lo recuerda en un apasionado ir y venir del tiempo…

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26 Jul 2014

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  • (Publicado en 2008)

     

    Raquel María Cuesta no olvida el día que le dio el sí a su amado Raúl. ¿Cómo no recordarlo? Fue en el parque infantil de Caibarién. Él se acercó al columpio donde ella se mecía y le pidió que fuera su novia. Raquel tenía 13 años, Raúl 15. Ela asintió y él, loco de alegría, la besó en la mejilla y después salió disparado a preparar las maletas porque esa tarde se marchaba de vacaciones a Yaguajay. Antes, prometió escribirle.

    Y le escribió. Era una carta tras otra, a veces solo para decirle: te quiero, te extraño… Otras para regañarla, pues no respondía sus mensajes: Escríbeme, lo necesito tanto…

    “A veces dudo cómo lo conocí. Raúl iba por las ventanas de la escuela donde yo estudiaba allá, en Caibarién. ¿Por qué se fijó en mí si había otras muchachas más bonitas que yo? Eso nunca me lo dijo. Después descubrió que una vecina mía era del mismo pueblo suyo y empezó a visitarla. Claro, ese fue el pretexto para verme. Pasaba, diariamente frente a mi casa en bicicleta. Me saludaba de lejos, en ocasiones cuando me veía por el camino me acompañaba un rato, conversábamos un poco. Nada más. Éramos dos chiquillos que jugábamos a enamorarnos, pero no conocíamos el amor.

    “Él estudiaba bachillerato en un colegio del pueblo y tenía fama de buen estudiante. Enseguida se ganó la confianza de mis hermanos; salían juntos, hablaban de geografía, literatura, historia… y hasta de mujeres. Mi hermana daba clases de inglés y Raúl, como el primero, se apuntó en el curso. Se convirtió en uno más dentro de la familia Cuesta Méndez. Ahora, después de tantos años, sé por qué me enamoré de Raúl desde el primer momento.

    “Le decían el guajiro Ferrer. Además de buen estudiante, tenía fama de poeta y bailador. Lo buscaban para las fiestas y él no se perdía ninguna. Físicamente era muy apuesto y elegante. Hablaba muy bonito, imagínate, volvía locas a las muchachas… Eso sí, me respetaba mucho. Siempre tuvo muy buenos amigos. Cuando nos hicimos novios, las novias de sus amigos se hicieron amigas mías y las parejas formamos un grupo de seis que nos decían los inseparables.

    “Al terminar sus estudios se fue a trabajar para Yaguajay, pero nuestra relación continuó. Yo era vaga para escribir y él se disgustaba mucho, pensaba que no lo quería; incluso llegó a preguntarme si lo había olvidado. En las cartas me decía: “No me gusta que vayas a los bailes sin mí. No logro imaginarte en los brazos de otro que no sea yo. Me duele pensarlo”. Sin embargo, él no dejo de ir a las fiestas de su pueblo, ni de bailar como un trompo.

    “Nos casamos a finales de la década del 30, un 20 de agosto. Durante 15 años vivimos en Yaguajay y allí comprendí que Raúl tenía dos grades amores: uno era yo; el otro, su profesión. Se entregó en cuerpo y alma a la labor de maestro; pero no un maestro cualquiera, él se convirtió en el maestro de los pobres.

    “Dio clases en una escuela rural ubicada en el central Narcisa. Los alumnos lo querían como un padre y aquellos pequeños eran los hijos que siempre quisimos tener y no pudimos. De esos tiempos en el central Narcisa nacieron poesías inolvidables.”Romance de la niña mala”, por ejemplo, a ratos me viene a la memoria y es como si Raúl volviera a la vida y lo tuviera sentado ahí, frente a mí, contándome:

    “Un vecino del ingenio
    dice que Dorita es mala.
    Para probarlo me cuenta
    Que es arisca y malcriada
    Y que cien veces al día
    Todo el batey la regaña.

    Se recuesta entonces en el sillón, se pasa sus gruesas manos por la cabeza y mirándome fijo vuelve a la historia:

    “Que el sábado y el domingo
    se pierde en las guardarrayas
    persiguiendo tomeguines
    y recogiendo guayabas…

    “Pero un hombre como Raúl tenía siempre una respuesta. No perdía tiempo en pensar en las injusticias, simplemente no las toleraba. Sabía que por esas tonterías, Dorita no era mala. Como maestro, conocía lo íntimo de su vida y de su alma.

    “Y cuando explico Aritmética
    le resulta tan abstracta,
    que de flores y banderas
    me llena toda la página.
    Y prefiere en los recreos,
    cuando juegan a las casas,
    jugar con Luisa, la única
    niña negra de mi aula.
    A veces la llama Luisa,
    a veces le dice hermana.

    “Lo amé siempre, y lo amo aún más cuando recuerdo sus anécdota. Allá, en al escuela del central, algunos niños faltaban a clases. Raúl averiguó y le dijeron que no tenían zapatos. Como norma estableció entrar al aula descalzos y justificaba aquello diciendo que las fuerzas telúricas entraban en la planta del pie y al tenerlos libres asimilarían mejor las asignaturas.

    “Juanito Mier, profesor de la escuela, se asombró y le preguntó a Raúl por qué les decía esas cosas a los muchachos. Le respondió: ‘Lo hago para lograr que todos vengan’”.

    “Y cuentan los que lo saben,
    que en aquella tarde amarga
    en que no vino el maestro,
    era la que más lloraba”.

    “De la noche a la mañana me convertí en su secretaria personal. Lo acompañaba a cualquier sitio, incluso llegaron a decir que yo era la sombra de Raúl. No me molestaban los comentarios, por el contrario, me satisfacían. El amor entre nosotros nació, creció y se mantuvo para toda la vida. Estaba muy apegado a mí y yo a él.

    “En la década del 40 existía mucha división entre los maestros y Raulí se involucró en la lucha por la reunificación. Esta batalla se ganó gracias a la creación del Colegio de Maestros; no obstante, a mi esposo le seguían preocupando otros asuntos, esta vez de índole política.

    “Vinimos para La Habana en 1953 y enseguida comenzó a dar clases en una escuela, también para pobres. En la capital casi no vivíamos; a rato venían esbirros de la dictadura y se lo llevaban detenido. Saliendo él por una puerta, salía yo por la otra. Lo buscaba en una estación, allí no estaba; regresaba a otra, tampoco… Así hasta que lo encontraba y esperaba a que lo dejaran en libertad.

    “Después del triunfo de la Revolución siguió trabajando y llegó a ser viceministro de Educación. Seguimos también amándonos. Aunque estoy en La Habana y el tiempo ha pasado tan velozmente, me parece verlo asomado en la ventana de mi colegio, haciéndome señas y diciéndome que mañana me espera en el parque infantil. Lo imagino impecablemente peinado y con su siempre inseparable guayabera”.

     

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