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Arte

Primera edición de La Edad de Oro en japonés
Como una oleada de amor y simpatía llegó recientemente al Centro de Estudios Martianos Keiko Kato, una japonesa gran amiga de Cuba, quien admira mucho al país caribeño y a su pueblo.

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21 Oct 2014

 

 

(Publicado en 2013)

 

Como una oleada de amor y simpatía llegó recientemente al Centro de Estudios Martianos. Keiko Kato, una  japonesa gran amiga de Cuba, quien admira mucho al país caribeño y a su pueblo.

En la antigua casona colonial de la barriada habanera de El Vedado donde residieron durante varias décadas María Teresa Bances y su esposo, José Francisco Martí Zayas-Bazán, el hijo del Apóstol, le dio la bienvenida la doctora Ana Sánchez, directora del  mencionado Centro, que tiene su sede en ese hermoso inmueble.

Cuando la intelectual japonesa visitó por primera vez a Cuba,  hace trece años, lo hizo motivada por la gran admiración que a lo largo del tiempo ha sentido por Fidel y el Che. Fue precisamente en esa ocasión cuando supo de la existencia de José Martí y su avanzado pensamiento.

Keiko Kato afirma con entusiasmo que desde que conoció los primeros detalles sobre la trayectoria vital del prócer cubano, esa certeza la deslumbró y a partir de entonces contrajo un compromiso personal que la hizo volver a la Isla con un objetivo fundamental: estudiar con profundidad el pensamiento del Maestro.

En su empeño, esta estudiosa de la línea vital martiana asegura haber encontrado en Cuba a  muchas personas, que, por sus amplios conocimientos y sentido solidario, le brindaron la mano franca de amigos sinceros como los que mencionó el poeta en sus Versos Sencillos; aunque el impulso y  apoyo fundamentales los encontró en los doctores Salvador Arias y Carmen Suárez y la licenciada Maia Barreda, investigadores del Centro de Estudios Martianos.

Ellos fueron los asesores y cercanos colaboradores de esta profesora de Historia de Japón durante el tiempo que  permaneció en Cuba, para obtener detalles sobre la obra de ese hombre de talla universal, nacido en una humilde casita habanera a inicios de la segunda mitad del siglo diecinueve.

Aseguró la intelectual nipona que al conocer “La Edad de Oro” sintió un verdadero deslumbramiento, y eso la indujo a trabajar en la traducción del español a su lengua materna (1), para que su pueblo en general y especialmente los niños pudieran saber de la existencia de esta obra, que  trasciende al momento de su publicación por primera vez, en julio de 1889.
 

 

Sigue..

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