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Para todo hay una primera vez. Y yo creo que fui precoz en algunas cosas. Hoy sé que mucha gente tiene que esperar un tiempo para realizar sus sueños, para interiorizar determinados fenómenos, para descubrirse a sí mismo o a los demás. Yo he tenido la suerte de que la propia vida me haya facilitado gran parte de los acontecimientos.
Por ejemplo, hay quien pasa toda su existencia queriendo conocer personalmente a una celebridad o, al menos tenerla cerca aunque sea unos minutos. Yo, a mis cinco años, pude estrechar la mano “en persona” a la mas celebérrima figura cubana de las últimas cinco décadas.
Resulta que se inauguraba el primer establecimiento expendedor de productos del mar, en la esquina de Oquendo y Clavel, del barrio de Pueblo Nuevo, en el municipio de Centro Habana. Y ahí estaba yo, en primera fila, sin cordones policiales que me lo impidieran ni vigilancia cerrada de ninguna índole, sino el pueblo todo congregado y orgulloso de tener su “pescadería”, la pionera en todo el país.
Entonces llegó él: alto, barbudo, imponente, con su habitual uniforme verde olivo. Y parece que le caí bien, porque vino hacia mí, sonrió como si reencontrase a un viejo amigo, y me saludó, no como al niño que era, sino con un desenfadado apretón de manos y luego me pasó su derecha por la cabeza.
Se elevó mi ego. Me sentí crecer y crecer, y me vi tan grande como él. Y jamás olvidé aquel acto de cariño sin par.
Él quizás ni lo recuerde, pero yo le debo esa reciprocidad primigenia. Por eso, aprovecho su cercano cumpleaños para decirle, tan bajito que todos lo escuchen: ¡Felicidades, Fidel!
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