“Los Juegos Olímpicos son lo más fuerte del deporte mundial y quien va es porque obtuvo una clasificación en competencia. Son pocos los de bajo nivel y me enfoqué en cada rival. Como mi entrenador me dice “cada pelea es una medalla de oro, hay que ganarla sí o sí y centrarse en el adversario”, no pensé en las cosas adversas que tenía, porque no me iban a ayudar, sino me enfoqué en lo contrario. Si ya una vez fui campeón olímpico, por qué no podía serlo otra vez. Entonces entrené al máximo de lo posible”.
Aunque las Olimpiadas en Brasil le servirían para ratificarse como campeón, no sería en su misma división, porque esta vez competiría con cuatro kilogramos más que en Londres.
“Mi cambio de peso no fue un problema. Además, la Serie Mundial me ayudó en mi preparación, pues hay muchos rivales fuertes, y verlos desarrollarse sobre el ring te deja también experiencia con posibles boxeadores a enfrentar”.
Robeisy nunca ha esquivado el intercambio, le gusta. Como un disciplinado pupilo, aplica los consejos de su primer entrenador, quien siempre le inculcó que saliera decidido al combate y que fuera él quien diera primero. “La combatividad es muy importante en este deporte… y cubrirse mucho”, le aconsejaba siempre.
Tales lecciones iniciales de Fermín seguro fueron aplicadas en su pelea final contra el estadounidense Shakur Stevenson, una de las más difíciles de sus últimos años —según confesó minutos más tarde—, e igualmente la medalla del boxeo que mantuvo más en vilo al pueblo cubano.
“Fue la más difícil, incluyendo la del marroquí Mohamed Hamout, que también fue fuerte. Pero en esta no era solo por la pelea, sino por la decisión de un asalto para cada uno. Que decidiera el tercero y fuera la final además, me provocó más presión. Tenía que darlo todo en los últimos tres minutos, y salí a tratar de que él trabajara lo menos posible; y gané”, sentenció.
Y nadie puede entender lo que en aquel momento sintió Robeisy, cuando lo anunciaron ganador en la esquina azul; tanto así que no pudo contener la emoción.
“Fueron cuatro años no muy fructíferos para mi carrera y al final, el ser el último en clasificar me ayudó a llegar en buena forma a Río, pues me mantuve el año entero peleando. Me emocioné cuando me colocaron la medalla. Tantos tropiezos en un ciclo en el cual pude añadir más medallas a mi aval, y no lo hice; y finalmente lograr esa, otra vez,... para qué contarte. De ahí vinieron las lágrimas”.
Por demás, a él no le gusta ser el favorito en ninguna competencia, prefiere llegar de a poco. “Soy de los atletas y personas que no le gustan que lo estén elogiando, porque cuando no cumples con las expectativas aparecen las críticas y los problemas. Prefiero estar en la sombra y que luego me vean como campeón. Conozco mi calidad boxística, a la mayoría de los rivales a nivel mundial, los resultados que han tenido, las veces que hemos peleado y no me pongo a pensar en otras cosas.
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