La vida de los próceres de nuestra independencia fue en verdad novelesca y aventurera, repleta de conspiraciones, cárceles, combates, traiciones, intrigas, atentados, desavenencias personales, duelos, desengaños amorosos, relaciones extramatrimoniales; en fin, todos los ingredientes para ser cualquier cosa menos aburrida.
Las estatuas de mármol y bronce nunca han vencido en una batalla o redactado una Constitución. Eso lo hacen hombres y mujeres de carne y hueso, gente común y corriente, con virtudes y defectos, dudas y vacilaciones, grandezas y miserias humanas; conocer esto los vuelve reales y cercanos, y los engrandece aún más.
Estudiar el pasado no es repetir como un papagayo lo que el profesor dijo en clase, ni memorizar para un examen tres causas y tres consecuencias, y olvidar que la historia es sangre, sudor y lágrimas, pero también amor, risa y semen, entre otras cosas.
Las muchachas me escucharon con interés mientras les contaba de prisa unas anécdotas. Jamás habían escuchado que Agramonte retó a duelo a Céspedes; ni que Gómez, en su diario de campaña, se quejaba de sus ayudantes, siempre dispuestos a irse de parranda; y mucho menos que Céspedes, en cartas a la esposa, le cuenta de su amante Candelaria Acosta y de la hija que tenía con ella. “¡Parece una telenovela!”, rieron asombradas mientras se alejaban.
Desconozco si el pasado se puede enseñar como si fuera una novela, pero sí sé que debe ser con conocimientos, pasión y amenidad. Alguien, con mucha razón, dijo: “Quien no sabe de historia, nada sabe”.
En las nuevas condiciones que enfrenta nuestro país, cada día adquiere mayor importancia que los jóvenes conozcan de dónde venimos. Solo así podrán comprender —y amar— el rumbo que llevamos.
Por esto, invito a profesores y alumnos a decirle NO a la historiapatía.
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