Uno de los problemas más graves que existen dentro de las universidades cubanas es la reducida capacidad de los estudiantes para escribir cuatro páginas mínimamente decentes acerca de su propio campo. Con esto quiero decir que la capacidad de redactar no con elegancia, sino con algún vestigio de coherencia gramatical o de sentido, ha ido desapareciendo, y los estudiantes suelen considerarla exclusiva ya no de las carreras de humanidades, sino de un puñado de filólogos cascarrabias.
Hubo un tiempo en el que a un economista, biólogo o geógrafo se le exigía la competencia escritural suficiente como para considerarse un intelectual. De nuestras universidades, sospecho, cada vez salen menos intelectuales, menos personas con la capacidad de generar ideas propias y compartirlas en libros y publicaciones periódicas. En su lugar, salen personas con conocimientos específicos, muy aislados, que pasan inmediatamente a cumplir la función de obreros en uno u otro centro.
En general, los universitarios cubanos no leen, ni siquiera acerca de aquello de lo que estudian. Son inmigrantes, que tratan de conservar hábitos culturales de la enseñanza media, tales como la idea de que basta estudiar por lo que dicta el profesor o por los resúmenes que alguien más preparó por su cuenta.
La bibliografía, es sabido, cuando pasa de las cuatro páginas no se lee de manera directa, sino a través de resúmenes. Y creo que este fenómeno se origina en la desatención que se le da a la lectura durante niveles anteriores. Para empezar, porque ni los padres ni los profesores han predicado con el ejemplo: recomiendan que lean, hablan de las virtudes curativas o afrodisíacas de los libros, pero no leen.
Imaginemos qué pasaría con los estudiantes si además sus padres o sus profesores les dijeran que el buen manejo del idioma resulta secundario para un científico.
La solución, si nadie quiere entrar a la Lenin o a cualquier otra vocacional cubana, no está en bajar el nivel. Una vez que se atraiga un enjambre de educandos sin condiciones y que, por culpa de ello, se vayan o se desanimen a entrar los que valen la pena, el número de solicitudes disminuirá de nuevo, y se tendrá una excusa perfecta para cerrar los IPVCE.
La solución es la que debieron emprender desde un principio: gastar lo necesario en recuperar las instalaciones más sufridas, invertir en la alimentación de los estudiantes, en el sueldo de buenos profesores. De la otra forma se estará tapando el hueco con un parche momentáneo, impopular, que a su vez habrá originado huecos nuevos. Lo de siempre.


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