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Muchas son las historias de amor que han resistido el paso del tiempo. Sean reales, como la de Ignacio y Amalia, míticas al estilo de Ginebra y Lancelot, o literarias, como Romeo y Julieta, lo cierto es que tales leyendas continúan atrayendo a todas las personas, porque este sentimiento sigue siendo lo más hermoso de la vida… y, en algunos casos, hasta mucho después
Enredadas entre la fábula y la realidad se encuentran muchas tradiciones que envuelven las tumbas del cementerio Cristóbal Colón, en La Habana. De esa madeja, extraemos las de tres parejas de enamorados que continuaron unidos a pesar de todo. Estas son sus historias:
Amelia y José Vicente
Desde pequeños, Amelia Goyri y José Vicente Adot eran inseparables; tanto, que poco a poco fue creciendo un amor que las familias censurarían debido a las diferencias sociales al uso, puesto que ella, de alguna manera, pertenecía a la aristocracia criolla —era pariente del Marqués de Balboa— mientras la familia de él procedía de la mediana burguesía.
Como si fuera poco, el muchacho marchó a la manigua en 1895 para incorporarse a la Guerra de Independencia, alcanzando el grado de capitán del Ejército Libertador.
Fuese porque la pareja había demostrado su cariño a pesar de todos los obstáculos, fuese porque los tiempos comenzaban a cambiar, la realidad es que consiguieron la aprobación de sus mayores, y el 25 de junio de 1900 contrajeron matrimonio en una ceremonia doble, en la que también se casó María Teresa, la hermana de Amelia, algo que entonces se consideraba de “mal agüero”.
Los amantes no podían ser más felices, pues al poco tiempo Amelia salió embarazada, pero un ataque de eclampsia¹ le provocoó la muerte, el 3 de mayo de 1901, con ocho meses de gestación. Fue inhumada con su hijo a los pies, ambos en el mismo ataúd. Como dándole la razón a quienes vaticinaron la mala suerte, en agosto falleció su hermana María Teresa.
Para José Vicente no existió en lo adelante el consuelo ni el reposo. Envió al escultor cubano José Vilalta una foto de Amelia, a fin de que reprodujera fielmente los rasgos de su amada en una escultura, que colocó al extremo de la bóveda, en 1909.
La leyenda de Amelia comienza exactamente el 3 de diciembre de 1914, cuando al enterrar a su padre Eduardo, pide José Vicente que le abran el féretro de su esposa, para verla por última vez. Y es entonces, cuando según se cuenta, que la encuentran con su hijo en brazos.
Durante años, el viudo visitó diariamente el cementerio para llevarle flores a la mujer que todavía adoraba, hasta su muerte, ocurrida el 4 de junio de 1941. Hoy, descansa junto a ella.
Poco a poco se fue extendiendo la leyenda de Amelia, y hasta nuestros días mucha gente le atribuye poderes extraordinarios, y acude a pedirle ayuda o protección para sus seres queridos, dando fe, incluso, de favores concedidos, hasta el punto de ser conocida como La Milagrosa.
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