Además, no solo se ve reducida la autoestima del victimizado, sino también pueden aparecer trastornos en la alimentación, de sueño y en la piel, agrega la especialista en atención a infantes.
El maltrato físico raramente se encuentra aislado del emocional y entre sus manifestaciones más frecuentes figuran los golpes con la mano, con un objeto, los zarandeos y pellizcos.
La expresión de Juan Carlos, padre adolescente del municipio capitalino de La Lisa, “si se porta mal segurito que le meto un cocotazo”; o la de María Rosa, madre soltera (“si me desobedece le doy con la chancleta”), son expresiones que la mayoría del resto de la población escucharía como normales.
Sin embargo, a consecuencia de métodos como estos en repetidas ocasiones pueden aparecer lesiones, las que son más peligrosas en niños menores de tres años. “Una paliza” o fuertes “sacudidas” de hombros y cuello, pueden provocar desprendimientos de brazos y laceraciones en órganos internos como el hígado, el riñón, o el bazo, afirma la pediatra Mercedes González.
El no satisfacer necesidades básicas como alimentación, protección, vigilancia y la falta persistente de respuesta a señales como el llanto, la sonrisa y las expresiones emocionales, son también manifestaciones de violencia por abandono.
De igual forma, el no cumplimiento de las consultas médicas programadas, vacunación, tratamientos médicos indicados y de rehabilitación de defectos físicos y síquicos; o la aplicación inadecuada de medicamentos, son actitudes negligentes.
¿Es justificable la violencia?
María Rosa Rodríguez, madre de 32 años que vive en el municipio de Playa, en la capital cubana, recuerda cuando en un momento de “mucha presión” se desquitaba con su pequeña de cuatro años: “No tenía trabajo y me había acabado de divorciar. Mis padres viven en el interior del país y yo no tenía a nadie. Sin darme cuenta comencé a gritarle a Laura por cualquier cosa, cuando no me hacía caso le pegaba con un cinto. Me decía a mí misma que la estaba educando, pero sin lugar a dudas estaba equivocada. Por suerte, me di cuenta a tiempo de que no estaba actuando de la forma correcta”.
Diversas circunstancias pueden influir en el comportamiento de algunos padres, quienes sumidos en un estado de estrés,actúan violentamente. Las tensiones aumentan ante necesidades económicas, hacinamiento, divorcio y presencia de enfermos en la familia.
Las características de algunos niños como la hiperactividad y la presencia de discapacidades hacen que algunos progenitores “pierdan la paciencia”, muestran estudios realizados por el CIPS.
Los padres alcohólicos o drogadictos tienen mayor probabilidad de ser abusivos y negligentes con sus propios hijos, por estar bajo los efectos de sustancias que pueden desinhibir a la persona y disminuir su autocontrol; mientras que las madres solteras, al tener que enfrentar solas las dificultades de la vida cotidiana, pueden cometer actos violentos producto de la intolerancia hacia sus hijos.
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