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Historia

El regalo (Final)
26 Mar 2016

 

 

Mami me dejó con los jimaguas y me advirtió que yo era la responsable de cuidarlos mientras ella y la abuela se unían a las otras vecinas para atendernos a todos.

Yo no encontraba un momento preciso para decirle que necesitaba buscar a la Michi, así que me acerqué a July, le expliqué lo que pasaba y nos pusimos a hurgar en cada rincón del sótano y a sacar nuestras manos, llamando muy quedo “misu, misu”, pero no aparecía la gata.

La verdad es que también me daba pena pensar en un animalito cuando los demás tenían tanta preocupación por lo que estaba pasando.

Pronto nos trajeron jarritos con leche y pan, volvieron los hombres y nos taparon con abrigos, porque realmente hacía bastante frío y de sus comentarios entresaqué, “atacaron Ciudad Libertad, y también bombardearon Santiago y San Antonio de los Baños, pero los pudimos rechazar”.

¡Qué bueno!, pensé, así ya podemos regresar a la casa, viene mi hermano y encuentro a la gata…

Pasó ese día, la noche siguiente, y  las cosas seguían igual, con la única diferencia de que a mi amiguita le habían traído sus espejuelos y me ayudaba a mirar para afuera, tratando de descubrir a la barcina entre las matas del patio.

El tiempo se fue haciendo largo, sin poder jugar, sin salir de aquel encierro, y yo cada vez más triste, preocupada por mi hermano que no venía, y por la gata perdida.

“Cuando todo esto se acabe, vamos a buscar a la Michi”, me dijo mami, y me sorprendió que en medio de aquella confusión, ella tuviera tiempo para mí.

“Ese muchacho allá fuera, con el frío que hace”, comentó en un momento mi abuela, refiriéndose a Jorge, quien con sus diecisiete años se había incorporado a las Milicias, como artillero.

“¿Qué vamos a hacer? Yo sé que es casi un niño, pero fue su decisión”, le contestaba mi mamá, con la angustia reflejada en su rostro.

Las cosas comenzaron a hacerse extrañamente cotidianas. Por las mañanas, leche para los más chiquitos y café para los mayores, almuerzos y comidas sacados de pomos y latas de conservas, los cuentos que Amelia y Joseíto, la pareja de gallegos, nos hacían de la Guerra Civil, hasta que el diecisiete llegó la noticia del desembarco por Girón, de los combates, los partes de guerra que se escuchaban desde un radiecito de pilas.

El día de mi cumpleaños, mami me dio un beso grande por la mañana y me deseó felicidades. “Tu regalo te lo doy más tarde”, dijo mi papá; la gente me abrazaba; en cambio, yo sentí que nadie podía darme lo que verdaderamente deseaba con todo mi corazón… Esa misma noche, el sótano pareció estallar de alegría con la noticia de nuestra victoria, y la seguridad de que, una vez más, la Patria había sido salvada.

Cada familia pudo entonces regresar a su casa, luego de agradecer a los gallegos por su hospitalidad y desprendimiento.

“Ahora sí vamos a hacerte la fiestecita”, afirmó mi abuela, mas a mí no me pareció que sería buena idea.

“¿Qué te pasa, ojitos tristes?”, me preguntó mami, como dos días después.

“Nada”, le contesté, porque me daba pena agriarle el entusiasmo; sin embargo, yo solo sabía que nada volvería a ser igual, que ningún cumpleaños me traería alegría si no tenía juntos a Jorge y la gata.

Pero ella, mamá al fin y al cabo, lo sabía. Por eso, me despertó cantando al otro día. “Aquí está tu regalo, ojitos tristes”, me dijo mientras se apartaba para dejarme ver en la puerta del cuarto a mi hermano, con su traje verde y azul, su sonrisa de oreja a oreja y en los brazos, a mi gata Michi, “la barcina más paridora de La Habana”.

 

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