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Mi abuelo decía algo así como que “conocer el valor propio y honrar el valor de los demás es la única manera de ganar respeto”. No sé de dónde lo aprendió, pero a mí me ha servicio de mucho.
Sin lugar a dudas. El respeto comienza en la propia persona. El estado original del respeto está basado en el reconocimiento del propio ser como una entidad única, una fuerza vital interior, un ser espiritual, un alma.
La conciencia elevada de saber quién soy surge desde un espacio auténtico de valor puro. Con esta perspectiva hay fe en el propio ser, así como entereza e integridad en el interior. Con la comprensión del ser individual se experimenta el verdadero autorrespeto.
El poder de discernir crea un ambiente de respeto, en el cual se presta atención a la calidad de las intenciones, actitudes, conductas, pensamientos, palabras y acciones. En la medida en que exista el poder de la humildad en el respeto hacia el propio ser –y el descubrimiento y la sabiduría que permiten ser justos e imparciales con los demás–, habrá éxito en la forma de valorar la individualidad y de apreciar la diversidad.
El equilibrio entre la humildad y el autorrespeto da como resultado servicios desinteresados y una actuación honrosa desprovista de actitudes débiles, como la arrogancia o la estrechez mental.
La arrogancia daña o destruye la autenticidad de los demás y viola sus derechos fundamentales. Un temperamento así perjudica también al transgresor. Por ejemplo, la tendencia a impresionar, dominar o limitar la libertad de los demás se manifiesta con el propósito de imponerse en detrimento del valor interno y la dignidad. El respeto original se subordina a uno artificial regido por el mando.
Por tanto, pretender ganar respeto sin permanecer consciente del propio valor original, se convierte en el método mismo para perderlo en sí.
Conocer el valor propio y honrar el de los demás es la manera de ganarse su respeto. Solo puede lograrse con autenticidad y sinceridad.
En la visión y la actitud de igualdad basadas en el respeto a las diferencias, existe ya una espiritualidad compartida. Y compartir crea un sentimiento de pertenencia, un sentimiento de familiaridad.


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