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Del mundo

La revolución desde la palabra
Carlos Marx trazó una línea entre la filosofía anterior y posterior a él. Se sentía reacio a pregonar y profundizar en una explicación de la vida y sus fenómenos de forma especulativa o teórica, en fin, desvinculada de la realidad, como habían hecho sus predecesores más ilustres

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22 Ene 2015

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Carlos Marx trazó una línea entre la filosofía anterior y posterior a él. Se sentía reacio a pregonar y profundizar en una explicación de la vida y sus fenómenos de forma especulativa o teórica, en fin, desvinculada de la realidad, como habían hecho sus predecesores más ilustres.

Él no pretendía construir otro sistema o escuela filosófica que le diese renombre; su objetivo era alejarse de lo figurativo y transformar la realidad, su filosofía fue la de la praxis social.

Escribió incansablemente, y cada texto suyo es una incitación a la revolución. Tanto su obra insigne, “El capital”, como el resto de sus tratados, hicieron de este hombre uno de los filósofos más leídos e interpretados de todos los tiempos.

Amado por unos, odiado por otros, desde ambos lados de las clases sociales su nombre resuena como un grito de lucha.

Marx y su fuente
El pensamiento revolucionario de Marx también tuvo sus antecedentes. Dos de sus coterráneos nutrieron su ideario. De Hegel tomó el método dialéctico y de Feuerbach heredó el materialismo; de ahí que su filosofía recibiera el nombre de “materialismo dialéctico”.

Fue el primero en dar una base científica al socialismo y, por lo tanto, a todo el movimiento obrero hasta nuestros días.

Había nacido en 1818 en Tréveris, una localidad alemana, y desde pequeño estuvo inclinado al estudio de los ideales, tanto es así que los textos publicados mientras estudiaba jurisprudencia en Bonn y Berlín comenzaron a impactar a la comunidad académica, que comentaba estar en presencia de un nuevo genio de la filosofía.

Sus artículos eran mordaces y certeros. Su verbo afilado hizo que le considerasen la cabeza del Reinische Zeitung (Periódico del Rin para cuestiones de política, comercio e industria), publicado bajo una férrea censura, pero sin que pudieran acallar sus protestas.

De cualquier forma, conseguía eludir a los examinadores, a quienes, según narra el propio Marx, “se empezaba echándole cebo sin importancia para que lo tachase, hasta que cedía por sí mismo o se veía obligado a hacerlo bajo la amenaza de que al día siguiente no saldría el periódico”.

Así pasaron innumerables censores en esta primera etapa periodística del joven Marx; luego le impusieron doble censura gubernamental, pero no bastaba: con picardía conseguía eludir a sus domesticadores, y al día siguiente la crítica estaba presente en las calles. Por eso, el gobierno declaró irremediable al diario, y prohibió sin explicación alguna su tirada y circulación.

Carlos Marx comenzaba así el primero de sus innumerables encontronazos con la clase burguesa y sus medios capitalistas de dominación.

 

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