(Publicado en 2008)
La violencia es uno de los fenómenos más extendidos actualmente en el planeta y no sólo está vinculado a situaciones de abierto conflicto. En nuestra vida cotidiana se hace tan común, que se naturaliza.
Reconocer que la violencia se da en múltiples formas, grados y ocurre en cualquier medio social, es fundamental para visibilizarla. Por eso, la mujer acepta, todavía hoy, su posición de subordinada como algo natural.
En muchos países se le observa todavía como objeto decorativo, al matrimonio como su carrera y al nivel cultural que pueda alcanzar, como un adorno más.
Como objeto sexual cumple la misión de satisfacer al esposo y tiene además la tarea de cuidar y educar a sus hijos. Mujer = buena madre, buena esposa, fidelidad, heterosexualidad, monogamia.
Lo que nos dice que la sexualidad no se vive igual para el hombre y la mujer.
El está educado para el placer, para dominar y controlar ejerciendo su poder de ser hombre. A ella se le niega la necesidad humana del placer, se le marcan pautas, se le imponen normas morales que se aprueban o desaprueban según los criterios sociales aprendidos, y que se ajustan al modelo social aceptado.
No obstante la incorporación de las mujeres a la esfera productiva, se mantiene su condición como agentes reproductores y dependientes de los hombres (desde lo real y lo simbólico), pese a los cambios existentes en los patrones sociales.
Dentro del condicionamiento social que reciben las mujeres, señalamos como un importante presupuesto la creencia acerca de que la esfera de mayor autorrealización de la mujer es la “familia” y su sueño, ser madre.
A su vez, esa autorrealización está sustentada sobre la base de lo que recibimos socialmente; en la familia, la escuela, el trabajo, los medios de comunicación, donde a pesar de muchos esfuerzos se continúan estereotipando los roles, que implican la subordinación de la mujer al hombre.
Este es, también, uno de los ejes fundamentales de la violencia de género.
Los hombres no están exentos. El rol del hombre o el supermacho, al cual no sólo le es permitido tener aventuras sino que se le exige, al igual que el deber de mantener bajo cualquier precio el bienestar familiar y la economía que le corresponde, no hacen que la vida del hombre sea más fácil. Al contrario, el extendido estereotipo de macho de éxito, recarga al individuo con necesidades que no corresponden y que le hacen asumir actitudes que, tal vez, ni siquiera le correspondan.
La invulnerabilidad, la dureza, la infalibilidad, son solo algunos de los aspectos de la imagen que se demandan. No es raro que bajo la coraza se esconda indefensión e inseguridad. Algunos explican que deben complacer a su mujer porque “para eso es que ellos están en la calle”. El rol les acecha y les carcome. Ser padre de familia les responsabiliza casi a la altura de un dios que no debe ni puede equivocarse, que debe conseguir lo que se propone de cualquier forma.
Los estereotipos (mayormente irreales y transmitidos por una cultura de masas donde se idealizan los rasgos del superhéroe o la belleza supraterrenal) no hacen más que recargar de falsos temores e ideales a los hombres que se olvidan que son simplemente eso: hombres.
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