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Sexualidad y salud

Sé Simone
Este texto está escrito por y dirigido a personas que hacen del tatuaje una forma de expresión, una filosofía y un estilo de vida. No es para que sigan al pie de la letra mi experiencia; solo quiero compartirla con ustedes

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17 Jun 2018

 

 

Este texto se dirige a aquellas personas tatuadas o en vías de serlo. Y cuando digo tatuadas, no me refiero a pequeños o microscópicos diseños escondidos en la anatomía, sino a rimbombantes y despampanantes tatuajes.

Este texto está escrito por y dirigido a personas que hacen del tatuaje una forma de expresión, una filosofía y un estilo de vida. No es para que sigan al pie de la letra mi experiencia; solo quiero compartirla con ustedes.

A los dieciséis años decidí que yo sería una mujer tatuada, y así se lo dije a mi madre. Ella, militar atípica, me puso los ojos en blanco mientras comentaba: “Ok, pero cuando te mantengas. Solo entonces podrás hacerte todos los tatuajes que quieras, no antes”. Le tomé la palabra.

La prerrogativa de mi madre se convertiría en realidad una década después. Hoy, a tres años de mi primer dibujo en la piel, llevo once y subiendo. Ser mujer joven, profesional, sin antecedentes penales ni predisposición al delito o a la drogadicción — pero tatuada — , tiene algunos inconvenientes. En primer lugar, debes lidiar con una mayoría aplastante de detractores del tatuaje.

Esta masa abrumadora de personas está integrada por seres variopintos, multiétnicos, plurinacionales, pansexuales y hetero-culturales. Para ellos, el tatuaje es símbolo de piratería, bajo mundo, decadencia y maldad.

Algunos me preguntan directamente y con indisimulada condescendencia: “¿Por qué tan joven y linda estás tan tatuada?” Otros, me miran con asombro y con cierta reserva: creen que puedo ser peligrosa, supongo.

Algunos, me llaman loca, masoquista, descocada: “¿Qué vas a hacer cuando estés vieja? ¿Qué les dirás a tus nietos?”. “Pues que su abuelita querida tiene buen gusto, mente abierta y no discrimina a nadie”. Eso les diré mientras les cuento la historia de cada uno de mis veinticinco tatuajes (para esa fecha, espero tener esos, ni más ni menos).

A la masa compacta de intolerantes tengo algo que comentarles: tatuarse es un derecho humano. Cada quien es libre de adornar su cuerpo como le venga en ganas, he ahí otro derecho esencial.

¿Quién tiene el poder de decidir cómo, cuándo y por qué ir por la vida — la única que viviremos — siendo de tal o más cuál manera? ¿Dónde quedaron los altos ideales de la Revolución Francesa? ¿Libertad, Igualdad y Fraternidad solo para los que se visten y comportan a partir de ciertos estándares preestablecidos? ¡Puajjj!

Estar tatuados no nos hace ni mejores ni peores personas. Son nuestras acciones las que definen nuestros valores humanos. La capacidad intelectual tampoco es inversamente proporcional a las cantidades de tinta en la piel. Incluso hoy, profesiones en las que el tatuaje se consideraba tabú han democratizado sus estatutos: los deportistas, modelos, bailarines… ya exhiben sus entintadas pieles. ¡Y muchos médicos también! ¡Y hasta profesores universitarios! (Exhibit A).

 

 

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