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Arte

Jilma Madera
Símbolo de la escultura cubana
Pocos días antes de su deceso, en febrero de 2000, la autora del colosal Cristo de La Habana y el célebre busto de Martí en el Pico Turquino, conversó por última vez sobre sus dos obras cimeras

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9 Jul 2015

 

¿Empezamos? Dio su aprobación con un ligero movimiento de cabeza. Tenía ante mí a una artista plena, que ha plasmado en obras escultóricas de admirable belleza las inquietudes de su alma. Por otra parte, era emotivo estar junto a la única mujer en el mundo que ha hecho una estatua de veinte metros: el Cristo de La Habana, y que al propio tiempo, logró colocar en el sitio más alto de la geografía cubana el busto de José Martí. Dicho de otra manera: unas mismas manos y dos símbolos: Martí y Cristo.

P: ¿Qué evocaciones te llegan de la infancia?

“Recuerdos muy gratos de mis padres. Acaso, vistas fijas que han quedado en mi cerebro. Ellos murieron cuando yo tenía tres años y medio. Mi padre se dedicó al tabaco y compró vegas en Pinar del Río. Soroa era de él y la vendió para comprar una finca más productiva, La Victoria, situada en el kilómetro 101 de San Cristóbal. Debo agregar que nací en La Habana. Soy mitad habanera y mitad pinareña¨.

P: ¿Estudios realizados?

“Los primeros estudios los terminé a los nueve años. Luego vino la época de Machado y cerraron muchos centros educacionales. Más tarde, la primera que abrió sus puertas fue la Escuela del Hogar, en el Cerro. Allí matriculé y me gradué como primer expediente. Después fui al Instituto de La Habana, me hice bachiller y matriculé en la Academia de San Alejandro”.

P: ¿Desde cuándo sentiste pasión por la escultura?

“Nunca la tuve. Me apasionaba la música. Sin embargo, en San Alejandro siempre fui primer premio en escultura y sacaba sobresaliente en pintura”.

P: Te propongo un tópico interesante: tus esculturas y las circunstancias que las rodearon.

“En la década del 40 asistí a un seminario martiano que dio en la Universidad de La Habana Gonzalo de Quesada y Miranda, persona a quien admiré muchísimo. Lo que sé de José Martí se lo debo a él, y aquí te digo que Martí marcó pautas en mi vida y mis principios, e influyó en mis decisiones vitales.

“Siempre tuve deseos de elaborar un Martí. Lo hice y se publicó en una portada de la revista Bohemia. También apareció en los periódicos, pero yo tenía vergüenza porque aún no me había graduado y pensaba en lo que pudieran decir los profesores.

“Sin embargo, gustó a todo el mundo, incluso a María Mantilla, la niña mimada del Apóstol, que lo vio en la Fragua Martiana en 1952, durante una visita suya a Cuba. Fue el retrato de Martí una obra seria y con intención. Es el Martí del Pico Turquino y el que está a la entrada del Museo de la Revolución, el cual tiene el tamaño original”.

P: ¿Acaso el del Turquino no tiene la misma dimensión?

“No. Al del Turquino le corté un pedazo de la base para que pesara menos. Finalmente alcanzó las 136 libras”.

P: Jilma, la Fragua Martiana y usted…

“El frontispicio de la Fragua fue ideado por mí. Es un libro abierto con una llama interior y arriba una estrella como formada por el humo de la llama. Escogí la estrella por ser el símbolo constante de la prosa martiana”.

P: Hurguemos en la historia del Martí del Turquino…

“Compré el bronce y lo mandé a fundir a Obras Públicas, porque allí yo tenía prestigio como escultora. En cambio, para el proyecto no había dinero. Los martianos teníamos mucho amor, pero muy pocos recursos. Por eso hice medallones y un Martí chiquito que se vendió a 50 pesos, con lo cual se pagó todo.

“Yo no cobré nada. Me siento más que remunerada al tener un monumento a 2 000 metros de altura, en el pedestal más alto, como corresponde a una figura como Martí. Es mi monumento más humilde, pero es el que más quiero.

”Cuando se decidió que yo lo haría, Gonzalo de Quesada hizo un llamado a los martianos para que propusieran frases del Maestro con vistas a escoger una y ponerla en el busto del Turquino. Tuve la suerte de que mi frase fuera la seleccionada. Dice así: Escasos como los montes son los hombres que saben mirar desde ellos y sienten con entraña de nación y de humanidad”.

P: ¿Cuántos subieron al Turquino?

“Unos 50 martianos, vestidos con un uniforme especial color verde olivo que mandé a confeccionar para todos”.

P: ¿Ir uniformados no les trajo dificultades?

“Sí. El SIM, que era un cuerpo represivo, nos siguió. Pensaban que nos alzaríamos en las montañas y que allí recibiríamos armas de un helicóptero extranjero. En la nave llamada GLENDA, que nos llevó hasta Ocujal, también iban agentes del SIM disfrazados de guajiros (campesinos)”.

P: ¿Qué otros preparativos se cumplimentaron para realizar el viaje?

“Recuerdo que yo debía ir a Ocujal a solicitarle una carta al dueño del Pico Turquino, un marqués español que vivía exclusivamente talándolo. Él tenía que darnos el permiso, que llevaríamos al administrador de la finca donde pondríamos el busto, casi un ingeniero que tenía allí, Antonio Moreno.

“Hacer esa gestión me era casi imposible, pues yo era maestra en aquel momento y tenía mi aula de Economía Doméstica en la ciudad de La Habana. Entonces el doctor Manuel Sánchez Silveira, precisamente el padre de Celia Sánchez, se ocupó de resolver el contacto que se necesitaba realizar. Sánchez Silveira era apasionado de las lomas y de las exploraciones en las cuevas, actividades que, me dijo, disfrutaba más que la Medicina”.

P: ¿Y esta es la vía por la que conoces a Celia Sánchez?

”Cuando los martianos llegamos al hotel Casagranda, me dice Sánchez Silveira que tenía varias hijas locas por conocerme porque él les había hablado de mí, pero que había una dispuesta a acompañarlo en la subida.

”Me asombró que un hombre de su edad —pasaba de los 60— fuera a escalar la montaña. Le dije que estaba de acuerdo en que nos acompañara su hija y allí mismo llamó a Celia y veo que se acerca una mujer frágil, menudita, usando un vestido camisero blanco y azul, y con una gran sonrisa me dijo: ´¡Ay, Jilma, cuánto deseaba conocerla!´ Me pidió que la dejara subir y le respondí: ´Cómo no´

P: Entremos en el tema de la escultura.

“A ella le debo todo lo que soy y le debo todo lo que me falta”.

P: Pero otra obra tuya te dio renombre: el Cristo de La Habana.

“Fue una idea del Gobierno. Por el periódico me enteré de la convocatoria para enviar bocetos. Presenté el mío. En la convocatoria se decía que el Cristo sería colocado a la entrada de la bahía habanera”.

P: ¿Tiene esto algo que ver con el Cristo de Río de Janeiro?

“Escultóricamente no. El de La Habana es de mármol y el de Río, de cemento concreto, con 32 metros de alto. El nuestro tiene ocho metros menos”.

P: ¿Qué figura hiciste?

“Un Cristo fuerte, grande, corpulento; manos fuertes y en el pecho se le ven los dorsales, se le notan las rodillas, la cara dulce y unos labios gruesos”.

P: ¿Por qué le dejaste las cuencas de los ojos vacías?

“Porque estaría muy alto y los ojos no se ven desde lejos”.

P: ¿Cuánto pesa?

“Mucho, por estar relleno de concreto. En los mármoles se usaron 600 toneladas. Es mármol blanco de Carrara, el único que se puede usar para una buena escultura. El peso total del Cristo de La Habana es de 320 toneladas, integradas por 67 piezas, o sea, no es monolítico”.

P: ¿Te tomó mucho tiempo el empeño?

“Dos años. El modelo lo hice en Cuba y en Italia lo agrandé. Empecé a montar las piezas en los primeros días de diciembre de 1958. Llegué a empeñarme hasta dieciséis horas diarias con un grupo de trabajadores,. No sé cómo aguanté, pero se inauguró al fin el 25 de diciembre de 1958”.

P: A tantos años de haber realizado tu Cristo, ¿qué te viene a la mente?

“Que fui una atrevida, porque hubiera podido quedarme mal”.

P: ¿Qué características deben distinguir a un buen escultor?

“Tiene que sentir y disfrutar la escultura como ella es. Se necesita la constancia en el trabajo”.

P: ¿Debe el escultor estar inspirado a la hora de la creación?

“Debe estar poseído por una gran inspiración y tener pasión”.

P: ¿Qué cualidad admiras más en un ser humano?
“Su inteligencia y su forma de expresarla sin ser petulante”.

P: ¿Qué balance haces de tu vida?

“Ha sido una vida larga y no es fácil. A pesar de haber tenido la desdicha de no poder seguir trabajando la escultura a causa del glaucoma que padezco, si analizo bien y soy justa, me debo sentir feliz”.

P: ¿Algún arrepentimiento escultórico?

“Cada una de mis obras lo tiene. Lo que sucede es que me los callé”.

P: Jilma, ¿cómo quisieras que te recordaran?

“Como una mujer esforzada que le puso mucho amor a lo que hizo”.

 

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