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Soledades
Traducciones a unos 35 idiomas y casi 30 millones de copias vendidas en todo el mundo, avalan la trascendencia de “Cien años de soledad”, aclamada en el IV Congreso de la Lengua como la segunda obra más importante del idioma español, solo superada por El Quijote.

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11 Jul 2014

 

 

(Publicado en 2010)

 

 

La vocación centenaria no le viene a la novela que nos ocupa exclusivamente p orel lapso en que se desarrolla su anécdota. Tampoco por la longeva existencia de sus contradictorios y entrañables personajes, que parecen haber venido al mundo —es decir, a las páginas del libro— con la irrevocable determinación de burlar las convenciones del tiempo, la naturaleza o la razón.

El escritor Augusto Roa Bastos fue el encargado de disipar dudas al sentenciar:

“Dije de ‘Cien años de soledad’, que es una de esas obras que surgen en soledad cada cien años y que deja su impronta creativa en el ánimo y el cuerpo de nuestra literatura escrita en el español de España”.

La portentosa pieza, crucial para el otorgamiento al escritor colombiano Gabriel García Márquez, del premio Nóbel en su especialidad, se acerca apenas a sus cinco décadas, aunque el escrutinio de comentarios exultantes dispensados al texto en ese casi medio siglo, por académicos y público en general, seguramente nos traería de vuelta las susodichas centenas.

Un aura mítica pareciera circundar a la novela tras su publicación en 1967 por la editorial Sudamericana, de Buenos Aires. El número de anécdotas para atestiguarlo retarían el infinito.

En este instante recuerdo la referida por el propio García Márquez en una lejana entrevista, sobre una anciana que por aquellos años lo sorprendió en un bar de Cartagena y corrió presta a felicitarlo. La intrépida lectora confesó entonces haber copiado en varios cuadernos cada una de las páginas del libro, tan solo para convencerse de que algo así podía ser escrito.

A tal extremo impulsaba la genialidad resumida en cada hoja, para muchos libro de cabecera, especie de Biblia de un continente olvidado, prueba rotunda sobre la capacidad fabuladora del hombre, incluso este que le ha tocado vivir en nuestros tormentosos “tiempos del cólera”.

Difícil sería diseccionar la urdimbre de “la maravilla”. De “Cien años…”, seduce el extraordinario uso del lenguaje, el vasto arsenal de recursos estilísticos perpetrando una prosa, sin embargo, fluida y diáfana como ninguna; narración frondosa donde la palabra casi siempre austera, rudimentaria, alcanza pronta la estatura de la más sugestiva y refinada imagen literaria.

Al centro de la trama, los Buendía, seres al margen de la lógica y la Historia, condenados a apuntalar el universo de Macondo, un espacio geográfico ficticio en el cual viven su inevitable soledad hasta que la fatídica providencia consigue borrarlos de la tierra.

Novela de la desmesura, podría especularse, a la cual retornamos siempre atraídos por sus notas surrealistas, el poder trepidante de los sucesos, la vocación hiperbólica del lenguaje.

Mario Benedetti ha llegado a sentenciar que se trata de un libro aventurero, donde la peripecia toma las riendas del relato, convirtiendo su lectura en una gratificante, estimulante travesía. Al igual que los personajes en el inicio de la obra, asombrados con el hielo, el imán, o cualquier otra “novedad” traída al pueblo por el gitano Melquíades, el lector asiste al descubrimiento de una realidad inédita y escurridiza, una vez que se observa con el prisma subjetivo de la ensoñación y el delirio.

Seres que levitan, muertos moviéndose naturalmente entre los vivos, aguaceros que se prolongan por años, niños con cola de cerdo, transitan en el relato junto a hombres y mujeres increíbles, como aquel José Arcadio Buendía “capaz de comerse medio lechón en el almuerzo y cuyas ventosidades marchitaban las flores”; ese coronel Gerineldo Márquez, quien “escapara a catorce atentados, 73 emboscadas y un pelotón de fusilamiento, sin una solo herida en el cuerpo”; o la inefablemente bella Remedios, protagonista de una súbita ascensión a los cielos, condenada por la devoción casi mística de los hombres, o el olvido de aquellos que de tanto venerarla la creyeron inalcanzable.

Tras ellos las agitaciones de un convulso entorno caracterizado por guerras civiles, luchas entre partidos políticos, masacres de obreros, violencia, en fin, consustancial a la Historia, ya no colombiana, sino de todo un continente oprimido, abandonado.

No podía ser otra la estrategia si de registrar el acontecer de nuestras tierras se trataba, aunque “Cien años…” trasciende, asimismo, como fábula sobre “las islas” en que pueden convertirse pueblos y hombres, privados de una experiencia vital enriquecedora y colectiva, producto de la ignorancia, los miedos, la soledad y el olvido. Inusual trenzado entre realidad y fantasía al cual especialistas tildan de “realismo mágico”, y que colocara a Márquez entre las figuras definitivas del llama- do boom literario latinoamericano en la segunda mitad del siglo XX, junto a Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, entre otros.

En 2007, justo cuando el Gabo cumplía 80 años y su magna obra 40, esta última era catapultada durante el IV Congreso de la Lengua, al más alto escaño de las obras escritas en castellano, junto a El Quijote.

Emular la estatura cervantina: no podía ser otro el premio a un autor y un libro destinados a salvarnos los mitos del naufragio, alimentar la memoria del continente y alumbrarnos el camino por nuestros aún desolados y tristes años de soledad.

 

 

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