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Historia

Henry Reeve
Soy de allí, donde se muere
Un joven con suerte, de veras… ¡y con madera de líder! Así era Henry Reeve, “Enrique el Americano”, o “El Inglesito”, como indistintamente lo calificaron sus compañeros de armas

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21 Jul 2014

 

(Publicado en 2011)

 

Un joven con suerte, de veras… ¡y con madera de líder! Así era Henry Reeve, “Enrique el Americano”, o “El Inglesito”, como indistintamente lo calificaron sus compañeros de armas.

Sin el conocimiento de sus padres se había alistado entre los expedicionarios del buque Perrit, que desde los Estados Unidos partió hacia Cuba en mayo de 1869 para luchar por la independencia de la isla caribeña.

Apenas desembarcó, se distinguió El Inglesito en diferentes combates como el asalto a Cuevas y Las Calabazas, pero sorprendido por los españoles, él y otros noveles soldados fueron condenados a fusilamiento.

Milagrosamente, las cuatro balas que le asestaron a Henry no hicieron más que herirlo en la cabeza, dejándolo sin conocimiento. La noche refrescó sus heridas y el joven anduvo varios días perdido entre la enmarañada vegetación, hasta que un grupo de patriotas lo encontró y condujo al campamento El Mijal.

Desanimado, pidió trasladarse al Camagüey con el objetivo de presentarse al Presidente Carlos Manuel de Céspedes, a quien pretendía solicitar un permiso de regreso a su país, pues consideraba, no sin razón, que algún cubano ambicioso y ciertas indisciplinas eran la causa de las derrotas que había sufrido su gente. Pero el coronel Félix Figueredo, lo convenció para que conociera al general Ignacio Agramonte, entonces jefe del Camagüey, con la promesa de que si sufría una nueva decepción, entonces sí influiría en Céspedes de modo que le permitiera su salida al exterior.

Meteórica resultó la subida del Inglesito desde que el caudillo camagüeyano le asignara un puesto en la caballería como soldado, clase y oficial. El año 1873, antes de su caída heroica, le escribía Agramonte al Presidente Céspedes: “Y no extrañe el Gobierno que se sucedan casi sin interrupción las propuestas de este digno jefe para coronel y para Brigadier. Necesito un Segundo en Camagüey, y, desgraciadamente, entre los muchos jefes superiores en el Departamento de mi mando, no encuentro uno que reúna las aptitudes indispensables que concurren en este Jefe para secundarme. El Comandante Reeve, con sus relevantes cualidades, se hace acreedor a toda mi confianza, y creo mi deber prevenir al Gobierno de la República favorablemente hacia este joven extranjero”.

Se dice que cuando Máximo Gómez sustituyó a Agramonte tras su fatídica muerte en los potreros de Jimaguayú, no había un oficial o jefe que contara más heridas que el Coronel Reeve.

Durante la toma de Santa Cruz del Sur, siendo ya Brigadier, se lanzó Henry intrépido contra la boca de un cañon español que le destrozó una pierna, pero luego de esa acción continuó luchando, pues se hizo amarrar a la montura de su caballo.

Desafortunadamente, perdió la vida en desigual combate a la edad de 26 años, cuando recibió heridas en el pecho, la ingle y el hombro, el 4 de agosto de 1876, cerca de Yaguaramas, a unos 90 kilómetros de la ciudad de Cienfuegos.

Armado de revólver y machete, se negó a rendise ante las fuerzas que lo acosaban y prefirió terminar su vida con un balazo en la sien.

Ejemplo de internacionalismo, solidaridad y de lucha por la libertad, Henry Reeve enarboló para el mundo aquella frase de respeto y temeridad: “Yo soy de allí, donde se muere”.

 

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