A la memoria de mi padre
Cuando tenemos seis, siete o diez años, generalmente vemos a nuestro padre como ese ser especial que nunca se equivoca y, sobre todo, que siempre, siempre, estará a nuestro lado.
Luego, con el desarrollo de la vida, comenzamos a observarle defectos, a disentir de su manera de pensar o actuar, y hasta de su forma de vestir o comportarse.
Discutimos, nos rebelamos, nos sentimos superiores y creemos que toda la razón está de nuestro lado, solo por el hecho de ser más jóvenes. Entonces ocurre que seguimos creciendo, comenzamos a trabajar en cualquier oficio o profesión, tenemos a nuestros propios hijos e hijas y nos damos de bruces con la realidad.
Es en ese instante cuando volvemos otra vez la vista sobre aquel padre que nos supo comprender y, claro, regañarnos cuando fue el momento.
Si tenemos suerte, lo conservaremos hasta que sea muy viejito; de lo contrario, nos veremos de pronto sin su compañía y pensaremos ante su ausencia en todo lo que le dijimos y, sobre todo, en aquellas cosas que no expresamos, pues las dimos por sentadas.
Abrazarlo cada vez que sea posible, decirle ¡Te quiero! con todas sus letras, conversar e intercambiar criterios con él, hacerle sentir necesario, son apenas algunas de las cosas que debíamos hacer cada día, para que, cuando no lo tengamos físicamente, sintamos orgullo por aquella relación, y no el pesar de haber dejado tantas cosas por decir.
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