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Cuando acordamos en Somos Jóvenes los temas que trataríamos durante el año, decidimos dedicar el número de febrero, donde es tradición hablar de amor, a la violencia, cualidad contraria a cualquier sentimiento de afecto.
La idea era meditar en que aquí la diferencia se pasa del límite precisamente por exceso, y detenernos frente a un juicio elemental: a más amor, menos violencia; a mayor violencia, menor amor.
¿Podría alguien expresar la magnitud de la diferencia? ¿Son violentos nuestros adolescentes? ¿Cuánto? Una vez más usamos los resultados del Centro de Estudios sobre la Juventud (CESJ). Hacia allá fuimos, siguiendo la sugerencia de Idianelys Santillano, psicóloga e investigadora de esa institución.
El justo medio
“¿Son violentos nuestros adolescentes?”, repitió ella en la arrancada. “Si contestase ‹sí› o ‹no›, obviaría la diversidad de la juventud. Me costaría responder sí, muchos jóvenes no son violentos, o decir no, otros o bien lo son, o en ocasiones se manifiestan como tal, aunque no lo sean. La versión corta de mi respuesta sería: son tan violentos como la sociedad”.
SJ: ¿Dicha complejidad expresa un estado de cosas?
“Acusa una responsabilidad colectiva: si contestase ‹sí› significaría que es un problema de los jóvenes, que son ellos los violentos, cuando en realidad lo que sean, con sus variaciones, responde en gran medida al contexto en el que se
socializaron”.
SJ: ¿Pasamos a la versión “larga” de la respuesta?
“Hay un hecho mundial: la tendencia al no pensar, al hedonismo, a vivir el hoy, desdibujó los imaginarios sobre conductas y concepciones. Que los límites se corrieran ayudó a que los adolescentes tuviesen comportamientos violentos con más asiduidad y sin considerarlos tan negativos.
“En cuanto al escenario doméstico, los años de socialización de nuestros jóvenes, los 90 del siglo XX, transcurrieron en un contexto de carencias y dificultades. No es que perdiésemos nuestras grandes conquistas, salud, educación y
seguridad social, mas por la forma en que se las presentamos, ellos las percibieron como algo dado, pertenecientes a una época lejana.
“El no tengo, no se puede, influyó en el modo en que concebimos la educación, desde la sobreprotección y la tolerancia. Si bien está el sujeto concreto, que decide si es o no violento, hay una familia junto a él, concurriendo en su decisión, y la escuela, la comunidad, la ciudad, el país. Las brechas en los estilos educativos se dieron en todos los entes de socialización del medio juvenil, favorecieron el asomo de expresiones violentas”.
SJ: ¿Nuestros entornos familiares propician el fenómeno?
“El pensamiento de la familia cubana antes de 1959 era rígido: Los niños hablan cuando las gallinas mean, Cuidado con alzarme la voz, ¡Ay, si la maestra me da una queja! Luego, la Revolución humanizó todo, pero tal vez nos excedimos.
“Llegamos a una educación donde los límites intrafamiliares, de palabra y obra, y también espaciales, no existen o se violan. El joven olvidó que no debe gritarles a los padres, y ellos, para recordárselo, le gritan. Mamá y papá se inquietan porque el niño disfruta recluirse en su cuarto, y le abren la puerta...
“La confusión de límites llevó al establecimiento de relaciones de paridad entre adultos y adolescentes. A los nietos creídos de que pueden ofender a los abuelos no se les enseñó la deferencia. No hallamos el justo medio entre una educación aplastante de la individualidad y otra donde el menor campea por sus respetos”.
Por omisión
SJ: A medio camino surgirían diversas formas de violencia.
“Violento no es solo el que en una actividad bailable ocasiona un tumulto, o el que
forma una bronca en la escuela. Consideremos, por ejemplo, los vínculos de pareja y entre amigos, donde subyacen insospechadas transgresiones de la
individualidad, sorprendentes violaciones de los derechos inherentes al ser humano”.
SJ: Son muestras sutiles.
“Correcto. Nos inquieta la violencia física, que comprende golpes, empujones u otro contacto causante de perjuicio corporal; y la verbal, que engloba insultos, amenazas y gritos. Mas la violencia psicológica, que abarca ciertos tipos de silencios, y también chantajes emocionales, y que provoca sensaciones tan molestas como la minusvalía, parece preocuparnos menos.”
SJ: Spots televisivos hablan de violencia sexual y emocional.
“En mis estudios manejo tres tipos: física, verbal y psicológica..La última de estas la asocio a la emocional. Otros investigadores serían más específicos, y ya no según las secuelas, sino conforme al móvil usado para someter y violentar, presentarán su clasificación y hablarán de violencia sexual, económica, etc. Todo dependerá de lo que se quiera enfatizar”.
SJ:¿Podría narrar alguna escena de violencia sutil?
“Cuando trabajé la sexualidad con adolescentes capitalinos, observé cómo los varones minimizaban el conocimiento de las niñas. Total, ellas brindaban más informaciones, y más elaboradas, que ellos. Fue una sesión tranquila en apariencia: los muchachos, creyéndose expertos en la materia, se mantuvieron todo el tiempo desacreditando el saber de sus compañeritas”.
SJ: ¿Será el machismo móvil de violencia?
“La violencia siempre está asociada a una relación, real o simbólica, de poder asimétrico. El machista asume que el hombre es ‹el que manda›, y bajo ese presupuesto establece con su par nexos violentos más o menos sutiles.
“El poder per se no genera violencia. Puedo tener dinero y tú no, y eso no significa que sea violenta contigo. ¡Ah!, pero si esa tenencia de dinero, la manera en que la vivo, implica una asimetría de poder entre nosotros, entonces en ella yo me creo ganador, porque tengo dinero, soy hombre o jefa, y termino violentándote”.
SJ: ¿Hay violencia en la omisión?
“Me complace profundizar en ese enfoque con los adolescentes. Pareciera que la violencia se halla solo en la acción. ¿Y cómo llamarle al hecho de que un hijo no le dirija la palabra a su madre en todo el día, o que ella le reclame: ¿Ah, no me quieres hablar? Pues no voy a lavarte, ni a cocinarte, ni a darte dinero para la merienda!.
“La abstención de hacer o decir, la falta por haber dejado de hacer algo necesario en la ejecución de una cosa o por no haberla ejecutado, puede ser un gran acto de violencia”.
Amor: producto cultural
SJ: ¿Qué otros elementos visualiza en su concepto de violencia?
“La violencia siempre provoca un daño, físico o psicológico, más o menos visible, y, además, hay una intención más o menos clara, para conseguir un propósito perjudicial.
”La sobreprotección, por ejemplo, con lo que limita y le resta a la persona protegida, comprende una violencia que no es consciente. La intención de los padres sobreprotectores es cuidar de sus hijos, pero no tienen claro el daño que les hacen, ni cuán violentos están siendo con ellos”
SJ: Sería bueno distinguir entre la violencia de nuestros adolescentes y la de los jóvenes de otras sociedades.
“Nos referimos a una violencia que no es, ni con mucho, la de otros países. Por eso dije desde el inicio que los adolescentes cubanos son tan violentos como la sociedad donde viven. Con todo, deberíamos tomar cartas en el asunto; nuestros jóvenes desempeñan un papel importante en la sociedad y no podemos permitirnos que el fenómeno de la violencia crezca en espiral”.
SJ: Hablamos de acciones/omisiones, daños, intenciones y poder asimétrico. ¿Qué nos falta?
“Que la violencia es aprendida. Cuando uno observa un proceder violento, está mirando el arsenal de respuestas que tiene la persona ante los hechos, lo que aprendió o le enseñaron. El humorista Octavio Rodríguez, Churrisco, tiene un chiste, donde hace de mamá, que ilustra esto: Fíjate —le dice al niño—, al que te dé, le das, con la mano, con un palo, con lo que sea, pero le das”.
SJ: Le oímos decir a Frei Betto, fraile dominico brasileño: ‘Lenin decía que el amor es un producto cultural, y es verdad. El amor depende de un trabajo de educación’. Lo mismo pasará con la violencia, la mesura y la amabilidad.
“El amor es de los sentimientos que aparecen como dados, como independientes de, y sin embargo, como la moderación, la ternura y la amabilidad, hay que cultivarlo. Asimismo, la persona más violenta, de cualquier edad, siempre está a tiempo de aprender a ser amable, suave, tierna. Si no creyera en ese aprendizaje, vano sería mi trabajo. Los adolescentes merecen saber que pueden decidir aprender a ser afables, cordiales, compañeros”.
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