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Sexualidad y salud

Tiempo de abrazos (Cont.)
21 Ene 2017

 

 

Desde ese preciso instante, ciudades como Málaga, París o Tokio han visto tomar a algunas de sus calles por proselitistas del abrazo, quienes intentan sumar a aquel interesado en estrechar al cercano amigo pero también al más raro de los desconocidos, pues para ellos todos necesitamos del contacto físico y ha sido el abrazo el elegido.

El elegido
Mucho ha crecido el número de los replicadores de esta acción, y ello no se debe a egocéntricos modismos. En entrevistas concedidas por algunos de los implicados, la mayoría refiere el sentimiento de absoluto bienestar que experimentaron al ser “bendecidos” por esta humana manifestación y que los ha llevado a querer perpetuarla en tantos como les sea posible.

Y es que este influjo de benéficas sensaciones es potenciado por ancestrales mecanismos fisiológicos, tal vez desconocidos hasta para los mismos practicantes y que, lamentablemente, han sido adormecidos por el insuficiente contacto físico de la era moderna.

En tal sentido, expertos señalan que generalmente asociamos salud o bienestar con la ausencia de enfermedades o con una alimentación sana, abundante y de calidad, obviando los efectos del amor y las formas correctas de expresarlo.

Pues resulta que el vínculo físico con personas que apreciamos cumple iguales funciones que el más completo de los alimentos. Las caricias y abrazos, por ejemplo, ayudan en la eficiencia de las relaciones neuronales, el logro de mayor tonicidad de los músculos, una mejor predisposición para operaciones tan complejas como la adquisición del idioma, e incluso, en la gestación de la autoconciencia y de la propia identidad.

Según el psicólogo español Francisco Javier Vergara Redondo, “un abrazo pone en marcha, activa nuestro cerebro límbico, emocional”. Dicho así, pareciese como si hubiésemos topado con la panacea para parte significativa de nuestros problemas emocionales.

Y, ¿por qué no apostar por un buen y sano apretón? Y es que tal acción moviliza mecanismos donde las importantísimas hormonas serotonina y dopamina son segregadas, produciendo un estado maravilloso de bienestar, tranquilidad y calma, capaz de perpetuarse incluso tiempo después.  

 

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