Pero la que toma las pastillas azules no sueña casi nunca, y cuando lo hace, lo único que ve es un techo blanco encima de blancas paredes. Por eso, porque no tiene sueños, es que nunca cierra los ojos y prefiere mirar un punto lejano, mientras se balancea en un sillón. Eso realmente les preocupa a las otras. Saben que la culpa es de esas pastillas azules que la obligan a buscar algo en el horizonte, algo que ni ella misma sabe qué es. Así que decidieron botar las tabletas de una vez y para siempre. Solo así esa Dayana encontraría la felicidad.
La Dayana pensadora se quedó pensando en todas las soluciones posibles para eliminarlas de la faz de la tierra. La Dayana risueña se fue a buscar al científico que las inventó para pedirle, de rodillas si era necesario, que no las hiciera más. De todas formas no le hacían ningún bien a nadie. La Dayana molesta salió a buscar una grúa demoledora para eliminar cuanta fábrica de pastillas encontrara a su paso. La Dayana cobarde quiso comprar todos los medicamentos del mundo, pero cuando estuvo parada frente al mostrador de la farmacia tuvo miedo de que la dependienta le pidiera recetas, métodos y tarjetones y salió corriendo.
Todas regresaron con las manos vacías. La Dayana pensadora se había quedado sin nuevas ideas. La risueña no encontró al científico que inventó las pastillas. La molesta no consiguió combustible para su grúa y la cobarde…
Entonces se les ocurrió a todas una idea brillante, brillantísima, una idea que solo puede ser posible cuando se unen varias dayanas. Trabajaron juntas toda la noche, una al lado de la otra, como si en vez de cuatro fueran una sola.
Al otro día, cuando la Dayana que se toma las pastillas salió de la cama se percató de que en vez de azules las pastillas eran blancas, rojas, moradas, negras y rosas. Recorrió desesperada cada rincón de la casa. En la biblioteca encontró a la Dayana pensadora filosofando sobre la existencia del hombre. En el patio encontró a la Dayana risueña, alegre porque había florecido un girasol. En la cocina encontró a la Dayana molesta rompiendo platos. En su rincón oscuro encontró a la cobarde, acurrucada como siempre.
Todo estaba normal. Lo único que no encontró fueron sus pastillas azules sin las que, pensaba, no podía vivir.
Por primera vez en mucho tiempo la Dayana de las pastillas azules pasó el día sin tomar ninguna. Al principio se sintió risueña, después molesta, al minuto tuvo miedo y más tarde se quedó pensando en todo lo que había hecho desde el amanecer. Fue una y varias Dayanas al mismo tiempo.
Pero esa noche, cuando se acurrucó en su cama, empezó a ver por vez primera, las paredes blancas de su sueño, de todos los colores.
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