Seguridad vs. temeridad
Descender altas montañas a través de embravecidos ríos abordando pequeñas embarcaciones, superar los límites permisibles de velocidad sobre algún vehículo o bicicleta, dejarse caer desde grandes alturas solo sujetos por una soga, ilustran en cierta medida el afán del ser humano por autodesafiarse.
Deportes extremos se hace nombrar la disciplina aglutinadora de tan peculiares desempeños, de los cuales resulta imprecisa su fecha de origen. En ocasiones, se catapultan a gladiadores y cuadrigas de la antigua Roma como sus precursores. Sin embargo, la condición esclava de la mayor parte de aquellos hombres provoca que muchos desechen tal teoría, pues dedicarse a ellos por propia voluntad constituye característica de esta experiencia atlética.
Atendiendo a la variedad y resortes biológicos que mueven a sus seguidores, no resulta desacertado pensar que se hayan practicado desde fechas lejanas, aunque indeterminadas.
Al respecto, el pasado siglo fue primordial. Cientos de muchachos en patinetas mostraban gran destreza en calles, parques o escaleras de los EE.UU durante los ochenta y noventa. Las sensaciones y atractivo que despertaban aquellas acrobacias no pasarían inadvertidas para empresarios y cadenas de televisión.
Pronto, un hobby callejero se masificaría y extendería, convirtiéndose en los X Games, generadores de millones de ganancias. Pero, ¿qué mueve a tantas personas a practicar y seguir de manera casi demencial tales derroches de temeridad, ya sea en tierra, aire o agua?
“Una necesidad imperiosa de desechar lo convencional insta a millares de intrépidos—reflexiona la psicóloga española María José Peña—. Parece como si algunos se hubieran cansado de asumir lo que rige a las masas, mientras otros, descontentos con la idea de competir en grupo para alcanzar un bien común, buscan los extremos”.
(…) la gente quiere marcarse retos y superarlos, desea eliminar tensiones y quemar la adrenalina de toda una semana en tan solo unos segundos —agrega—. Persigue romper con la monotonía, interactuar con el ambiente que le rodea y sentir el riesgo”.
Por eso, cada vez son más las empresas de ocio que posibilitan hacer realidad el deseo de sus clientes. No pocos expertos sostienen que el éxito de estas actividades radica en la satisfacción personal y el consumo de adrenalina que conllevan. Todas permiten superarse, porque cada uno depende de sí mismo, y no del trabajo de compañeros o adversarios, como ocurre en otras disciplinas deportivas.
De ahí que importe poco el agotamiento que genera estar siempre al límite sin perder el control. La sensación de placer de quienes los practican es espectacular y adictiva. Todo inducido por nuestras motivaciones biológicas: adrenalina, dopamina y serotonina.
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