Según la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), la desocupación tocaba en 2009 solo a 2% de las mujeres y a 1,5% de los hombres, panorama que tendrá cambios con la reducción del empleo estatal.
Yoana Estévez estaba en primer año de la Escuela de Instructores de Arte cuando quedó embarazada y tuvo que dejar los estudios. “Ahora soy ama de casa y vivo para cuidar a mi hijo. Yo pudiera conseguir un trabajo, pero mi novio no quiere, él es quien se encarga de mantenernos”.
Entre las causas que sitúan a las mujeres jóvenes en situaciones más vulnerables se encuentran las responsabilidades relacionadas con el matrimonio, así como el cuidado de los hijos y del hogar desde edades tempranas.
Esto reafirma que muchas de ellas continúan reproduciendo patrones y estereotipos tradicionales, que las condenan a ser amas de casa al igual que sus abuelas, lo cual se contradice con lo que socialmente se espera de ellas.
Pero también hay otras, como Mayda García, de 27 años, que dice: “¿Para qué voy a trabajar si con lo que yo ganaba como secretaria no resolvía casi nada?”. Ella apostó con su esposo por el negocio privado para sacar a flote su economía familiar.
Del total de jóvenes desempleados entrevistados por los investigadores del CEJ que no estaban interesados en trabajar, 79% expresó sentirse cómodo, porque sus familias los mantienen o reciben remesas del extranjero. Según ese estudio, únicamente 5,9% reconoció que la estaba pasando mal, mientras que 13,4 subsiste a través de negocios ilegales.
Salto de obstáculos
Crecer en medio de una realidad cambiante y contradictoria ha hecho que muchos jóvenes adecuen sus expectativas y pongan en tela de juicio valores como la familia, la relación de pareja, la manera de asociarse y, por supuesto, el trabajo.
Algunas de las personas entre 18 y 28 años, entrevistadas para este reportaje, sueñan todavía con esa etapa de sus vidas, cuando todo se resolvía gracias a mamá, papá o abuelita. Muchas añoran aquella infancia divertida llena de sorpresas en la que aprendieron a compartir con los amigos. Para la mayoría, el hacerse joven es una verdadera carrera de obstáculos, que se expresa en asumir cada vez con más responsabilidad los temores y conflictos del mundo adulto.
Al conversar con Marcos Oliva, uno de los diez jóvenes capitalinos encuestados, conocí que dejó de estudiar al terminar noveno grado. Hizo las pruebas para la Academia de Artes Plásticas San Alejandro y desaprobó.
“Yo quería ser pintor o escultor —apunta—, ahora hago tatuajes. El jefe de sector de la policía siempre está detrás de mí para que me vincule a un empleo, pero yo tengo 24 años y en un día hago más dinero de lo que gana mi papá en un mes entero”.
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