El amplio dominio del lenguaje, la perfección de alcanzar el chiste picante alejado de la vulgaridad, la madurez expresiva, la capacidad de perpetuar leyendas que ya no se perderán gracias al oficio periodístico, la constancia y el testimonio reconstructor de pasajes y peripecias del protagonista (el propio Enrique), conforman este texto, capaz de quitar parte del velo que cubre la formación de la identidad nacional cubana.
Sin olvidar jamás el terruño que le vio nacer, el mítico Quemado de Güines, ni a sus entrañables amigos, muchos de los cuales protagonizan las crónicas, el literato hace entrega apasionada de costumbrismo, inclinado siempre a la veracidad, curiosidad omnívora, y peculiar olfato de cáustico y perspicaz humor.
Sucesor de una rica generación de agudos escribanos (como él gustaba definirse), Enrique superó con creces a sus antepasados con humorismo del más supremo linaje y profundo sentido de la ética social.
Con la propuesta, igualmente contribuye al enriquecimiento del patrimonio nacional, pues muestra sin tapujos los cambios sociales en la manera de actuar y pensar en las diferentes etapas vividas en el país, y en desiguales contextos, desde los marginales hasta llegar a la vida de intelectuales o artistas de renombre mundial; todo bajo su sello personal de escribir y capaz de dejar boquiabiertos o de hacer reír al más encartonado.
Una vida al desnudo
De su padre telegrafista, Enrique Núñez Rodríguez heredó la sensibilidad artística, el humor, el ansia de justicia social, la humildad y sencillez, un hombre a quien la historia de la comunicación y el arte cubanos le estarán eternamente en deuda.
Nacido en Quemado de Güines, en la central provincia de Villa Clara, la vida le deparó numerosos obstáculos y supo crecerse desde vendedor de periódicos hasta obrero textil y empleado del seguro. Luego de descubrir su propio talento y sensibilidad se convirtió en poeta y narrador prolífero.
Ya adulto, derrochó creatividad, laboriosidad y simpatía en todo cuanto hizo, aunque mucho tuvo que ver con su renombre su desempeño en la radio y la televisión cubanas.
En los años cuarenta del pasado siglo XX trasladó de forma definitiva su residencia hacia La Habana, donde por azar se convirtió en columnista de humorismo social y político en los periódicos Siempre, Pueblo y ZigZag. Para 1948, logró debutar en la era floreciente de la radio, escribiendo la sección Cuba en llamas —espacio de sátira política difundido por la radioemisora COCO, de Guido García Inclán.
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