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Historia

Un triste episodio de nuestra historia
En junio de 1897, el presidente norteamericano William McKinley envió una nota a España en la que demandaba que una guerra casi a la puerta de sus costas y que “afectaba” los intereses de los norteamericanos residentes en la Isla, fuera conducida “de acuerdo con los códigos militares de la civilización”. Una vez más, la prepotencia del naciente imperio se hacía sentir

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25 Jul 2014

 

 

 

En junio de 1897, el presidente norteamericano William McKinley envió una nota a España en la que demandaba que una guerra casi a la puerta de sus costas y que “afectaba” los intereses de los norteamericanos residentes en la Isla, fuera conducida “de acuerdo con los códigos militares de la civilización”. Una vez más, la prepotencia del naciente imperio se hacía sentir.

Cuatro buques de guerra recién construidos navegaron hacia el sur, y con el pretexto de una visita amistosa, se despachó hacia Cuba el acorazado Maine, que fondeó en La Habana el 25 de enero de 1898. El plan de campaña de los norteamericanos preveía el bloqueo completo de la Isla para impedir la entrada y salida de barcos, a fin de evitar que recibiera abastecimientos. Luego se efectuarían desembarcos por Santiago de Cuba, y se obligaría a retirarse a la escuadra española.

El tenebroso Memorándum Breckenridge
El mayor general Nelson Miles, jefe del Ejército yanqui, recibió de J.C. Breckenridge, el subsecretario de Guerra, las últimas instrucciones políticas sobre la forma de conducir la guerra en Cuba. En su siniestro memorándum, ese personaje escribía cosas como la siguiente: “Cuba, con un territorio mayor, tiene una población mayor que Puerto Rico. Esta consiste en blancos, negros y asiáticos y sus mezclas. Los habitantes son generalmente indolentes y apáticos”.

Y agregaba Breckenridge: “Es evidente que la inmediata anexión de estos elementos a nuestra propia Federación sería una locura y, antes de hacerlo, debemos limpiar el país aun cuando eso sea por la aplicación de los mismos métodos que fueron aplicados por la Divina Providencia en las ciudades de Sodoma y Gomorra. Debemos destruir todo lo que esté al alcance de nuestros cañones”.

Las instrucciones del subsecretario de Guerra yanqui empezaron a ponerse en práctica con el bloqueo. Aunque se alegó que se repudiaba la Reconcentración de Weyler, medida inhumana que tendía a eliminar la población de Cuba, lo cierto es que el bloqueo estuvo a punto de eliminar a los que sobrevivieron a ella. A esto se unió la desorbitada campaña de prensa orquestada por los monopolios norteamericanos, interesados en “la fruta madura”. Y por fin, el ansiado pretexto: el 15 de febrero de 1898 hizo explosión en el puerto de La Habana el acorazado Maine, y 266 de sus tripulantes perecieron.

Ese triste episodio, y la forma en que lo manipuló la prensa estadounidense para enardecer los ánimos de su pueblo, evidenciaron la inminencia de la intervención yanqui en una guerra que ya estaba prácticamente ganada por los cubanos.

 

 

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