También en menor escala tenemos influencia china y árabe, y desde luego algo quedó de nuestros aborígenes: asar boniatos a fuego lento en una cazuela de barro, la catibía y el casabe (especie de torta, tortilla o arepa preparada con yuca que aún se consume en algunas regiones orientales y camagüeyanas). Pero lo más importante es que de ellos heredamos nuestro cereal básico: el maíz, que preparamos lo mismo en sopas que en guisos y postres.
De España aceptamos sus potajes y sus ollas; y como en el caso de la famosa paella valenciana, en la Isla se realiza muy diferente a la acostumbrada en su lugar de origen, porque se aprovecharon las condiciones naturales del entorno. Algo similar ocurre con el buñuelo de Pascuas: el nuestro es más suave y dulce, porque la harina se sustituye por yuca y boniato rayados; en algunas regiones se usa también la calabaza.
Lo mismo sucede con el picadillo. El que cotidianamente comemos en Cuba es muy diferente al de la madre patria, descrito a finales del siglo XIX como cierto género de guisado que se ejecuta picando la carne cruda con tocino, verduras y ajos, después de la cual se cuece y sazona con especias y huevos batidos.
Por otro lado, el empleo de bebidas como ingredientes en recetas referidas a la cocina cubana no es significativo en comparación con otros manjares internacionales, a pesar de la influencia de platos españoles que sí los incluyen en cuanto a aromas y matices de sabor, aportes de colores y consistencias en salsas, además de la maceración de carnes y pescados.
Los primeros datos sobre costumbres y hábitos alimentarios de los indoamericanos nos llegan a partir de los descubrimientos de arqueólogos, que por medio de mediciones, reconstrucciones de objetos y presencia de utensilios junto a otros elementos nos dan pistas acerca de la etapa precolombina.
Los aborígenes en Cuba, fundamentalmente los siboneyes, se alimentaban de la pesca y la caza; mientras los taínos que además de ser recolectores, cosechaban nos legaron platos a base de maíz, yuca, jutías y frutas, así como hierbas silvestres.
Esta última etnia contribuyó a la alimentación de los conquistadores, quienes conocieron diversas frutas como papaya, piña, coco, marañón, guayaba, guanábana, anón, caimito y tamarindo, por citar algunas; asimilaron técnicas de pesca y de cerámica; y se apropiaron de variados métodos para cocer y conservar alimentos.
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