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Arte

Villaverde en Vueltabajo
Este es el San Diego de Núñez del siglo XIX (prácticamente a la entrada de la Vueltabajo por el norte) y el joven nació un 28 de Octubre de 1812 en este mismo lugar su nombre Cirilo Villaverde.
6 Sep 2014

(Publicado en 2007)

 

"Un día de 1838 un joven de 26 años regresaba a caballo a su pueblo natal, proveniente de la fastuosa Habana; estaba sumido en sus pensamientos con la idea de volver a ver la tierra de sus orígenes y por supuesto recordar, que es igual que volver a vivir; de pronto a sus pies desde la colina que se encontraba se mezcla un sentimiento de alegría con la nostalgia de los recuerdos y observó el poblado de su infancia, ¡ya estaba en casa! Días después escribió:

“(...) es comparable sino con un banco de carpintería que tuviese seis patas; que son los estribos que nacen de la colina chata, larga y estrecha sobre que está situada la población (...)”

“(...) Los vecinos que consiguieron situar su casa sobre un estribo del terreno, no se han visto en la forzosa necesidad de hacerla de alto por detrás y baja por el frente, como aconteció a los que no tuvieron aquella dicha (...)”

“(...) La iglesia, que es muy capaz, alta de puntal, tifa y campanario, todo en una nave, está situada sobre la mano izquierda, al fondo de la plaza, destinada a efecto; pero con toda la eficacia que ha puesto los feligreses en allanar el terreno, todavía la calle real se levanta como tres varas sobre el nivel del pavimento (...)”

“Sin embargo, no se puede negar que es muy bella, muy pintoresca la perspectiva, el risueño paisaje que ofrece la población, cuando se le contempla desde cualquier collado de su alrededor; peregrina mezcla de casas de guano y tejas de mampostería y yaguas, casi todas franqueadas de sus graciosos colgadizos (...)” (1)

Este es el San Diego de Núñez del siglo XIX (prácticamente a la entrada de la Vueltabajo por el norte) y el joven nació un 28 de Octubre de 1812 en este mismo lugar su nombre Cirilo Villaverde.

El autor de “Cecilia Valdés” dedicó diez años de su vida a exponer todo su talento y sensibilidad en letra impresa dándonos a conocer una Cuba diferente, la Cuba con sus hombres y mujeres, con sus riquezas y pobrezas. Una Cuba no española sino muy cubana, con esa mezcla maravillosa de razas o ajiaco al que Don Fernando Ortiz denominó transculturación y el habla popular denomina ¡Cubano de Pura Cepa!.

Durante este tiempo escribió un total de 28 obras literarias reconocidas en forma de libros, más como si eso fuera poco, un gran total de 107 artículos de prensas y en revistas. Tanta laboriosidad quedó interrumpida el 20 de Octubre de 1848, cuando es abortada la conspiración “La Mina de la Rosa Cubana” en la que estaba involucrado, ya que la revolución cubana era su sentimiento más profundo como expresión concreta y legítima del nuevo pensamiento de ese cubano que comenzaba a pensar como tal. Por sus ideas es sentenciado a garrote vil y luego conmutada esta pena por diez años de prisión; de la que escapa espectacularmente entre el 31 de marzo y el 4 de abril de 1849; obligado a huir del país se refugia en la ciudad de Nueva York, exilio que duró el resto de su vida, interrumpido la primera vez, nueve años después, cuando se acoge a una amnistía ofrecida por el gobierno colonial para tratar de lavar su imagen ante el país.

Regresa a la Habana a donde llega en 1858; pero el ambiente en la isla esta enrarecido y encuentra hostilidad a su persona producto de sus ideas separatistas y luego de intentar establecerse en la isla donde incluso adquiere la imprenta “La Antilla”, y edita la revista “La Habana” se ve obligado a cerrar la misma en 1860 y marchar nuevamente al exilio, radicándose de nuevo en Nueva York, donde se entrega por completo a la revolución cubana, cuestión esta que había hecho en su primer exilio cuando fue el secretario personal de Narciso López. Esta vez al lado de la revolución de Carlos Manuel de Céspedes con quien establece correspondencia en 1869, dando su opinión de cómo se veía la revolución cubana desde esa ciudad. Finalmente luego de concluida la contienda bélica logra visitar la isla en 1888 pero sólo por dos semanas.

Su estancia en Estados Unidos lo llevó al periodismo y al magisterio con lo que se ganaba la vida, pero sus artículos de esta etapa fueron pocos y más bien de corte político y patrióticos, no obstante es en el exilio donde termina su obra cumbre: “Cecilia Valdés o La Loma del Ángel”, la cual publica en su versión final en 1879, novela que había comenzado a escribir cuarenta años antes.

La literatura Villaverdiana del período (1837-1847) es un fiel reflejo del siglo XIX cubano, y dentro de nuestro territorio nacional principalmente las tres provincias en las que vivió Pinar del Río, La Habana y Matanzas, aunque la primera es su favorita dentro de su obra.

Fue un analista y descriptor al nivel de los detalles más precisos, superando a muchos escritores de su época, él conocía el desconocimiento que reinaba en el país, donde los habitantes apenas conocían el estrecho marco que les rodeaba, la dificultad de los caminos, la falta de movilidad por no existir un transporte que no fuera el caballo o el coche de tracción animal, el incipiente desarrollo del ferrocarril que daba sus primeros pasos en ese momento, lo peligroso de adentrarse por veredas desconocida por la existencia de todo tipo de truhanes, el analfabetismo reinante en la nación y la ausencia de una imprenta desarrollada eran algunos de los males que aquejaba aquella sociedad desconocedora de su país.

De ahí que Villaverde es uno de los puntales de la literatura realista o costumbrista junto a otros muchos Exponentes de esta corriente como: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Nicolás Heredia, Gaspar Betancourt Cisneros entre otros, con obras como “Sab”, “Leonela” y “Escenas Cotidianas”.

“Cecilia Valdés” sola hubiera servido para consagrarlo para la posteridad, no obstante, tuvo el talento de escribir trabajos como: “La Peña Blanca” (1837), “Excursión a Vuelta Abajo” (Primera Parte) 1838 y (Segunda Parte) en 1842, “El Guajiro” (1842), “Viaje a Mariel y a Cabañas” (1842), “San Diego de Núñez” (1842), “Beneficio para los Desgraciados de Vuelta Abajo” (1842), “Una Pascua en San Marcos” (1845), “Compendio Geográfico de la Isla de Cuba” (1845)... entre muchas otras, que tratan el tema de la Vuelta Abajo como él lo denomina.

Él tuvo la visión de describir desde el paisaje humano, pasando por el paisaje psicológico hasta el paisaje natural exponiendo la vida de la sacarocracia cubana y la burguesía cafetalera y ganadera. Analiza algunos estereotipos de la clase media y muy especialmente escribe sobre las capas desposeídas; evalúa a cada ser en su medio y en su radio de acción, lo describe con sus alegrías y sus pesares, sus gustos, como viste, como habla, su comportamiento ante la sociedad, su filosofía, su proyección.

Hace una radiografía tal de la sociedad que logra diferenciar al Guajiro en cada uno de sus oficios como hatero, sitiero, montero, arriero. Describe al negro en su funcionalidad social como liberto, doméstico, esclavo, guardiero, boyero y cimarrón. Define a otros componentes de la sociedad tales como el administrador, el mayoral, el mayordomo, el gallero, el maestro de azúcar, el bandolero de caminos y/o filibustero y el más tétrico de todos: el rancheador; se admira ante la mujer del hatero y se encoleriza ante las tropelías del hijo del guajiro que lo engaña para cuidar sus tesoros.

Esta es la sociedad en que la Vueltabajo se encontraba, en la disyuntiva de producir la tierra, hacer azúcar, recolectar café, criar ganado vacuno y/o porcino, vivir de un comercio incierto legal y/o de contrabando y además enfrentarse o perecer ante los asaltadores de caminos, los bandoleros de las costas, los robos de los cimarrones y los abusos de los poderosos o de los más fuertes, es decir la ley de la jungla, era lo que imperaba en los campos cubanos de ese entonces...

En el paisaje arquitectónico es un esmerado narrador de cómo se encuentran los caminos, las viviendas, las bodegas, las tabernas, los almacenes, especial énfasis pone al describir la “casa de dios”, por doquier que pasa la señala sea un santuario, una ermita o una iglesia, también habla de los camposantos.

Como una fotografía en el tiempo refleja como son los pueblos del oriente pinareño y los compara entre sí tales son: Quiebra Hacha, Mariel, Cabañas, Bahía Honda, Las Pozas, San Diego de los Baños, Los Palacios, Santa Cruz de los Pinos y Candelaria y por supuesto al pueblo que más ama, su pueblo natal, que lo llena de alabanzas y reconocimiento: San Diego de Núñez.

Durante este peregrinar constante por las tierras del poniente, se detiene en los cafetales y en los ingenios, donde expone con visión histórica la duración en el tiempo, detalla los elementos que componen estas fincas y fábricas: las casas de viviendas de los dueños, los tendales, los almacenes, los barracones, el batey, la casa de calderas, la casa de maternidad, la casa de molienda, la casa de purga y sus cementerios.

Pero no hay nada como leer su obra cuando escribe sobre el paisaje natural, es capaz de lograr que el lector perciba los olores, admire, sienta, se sorprenda con tanta prodigiosa naturaleza; trasmite su amor a la tierra de su origen, refleja las aristas más increíbles y los rincones más ocultos de su geografía, el azul del mar, el verde de su vegetación, el carmelita y el rojo de la tierra, todos los matices, también refleja el negro y el ocre de la pobreza de los campos y en este sin fin de policromías pinta con sus palabras igual que el pintor más consumado lugares como: “La Mina de Betancourt”, el paisaje de las “Bahías del Mariel y Cabañas”, “Los Bosques de Las Pozas”, “La Sierra del Rubí”, las alturas que colindan a “San Diego de Núñez” como “San Blas”, la “Loma de la Cabaña” y “La Peña Blanca”, y con quien más se estimula es con el “Pan de Guajaibón”.

Realmente se extasió en la mayor altura del occidente, lo describe desde Cabañas, desde el Mariel, desde Bahía Honda, desde el mar, desde Las Pozas, y cuando lo tiene frente a él, no le aparta sus ajos maravillados de tanta majestuosidad, lo toca y su descripción de las peripecias de sus pocos escaladores contiene una mezcla de amor, ternura, respeto y hasta algo de miedo hacia ese coloso.

A las cuevas le dedica una acuarela de emocionadas palabras y adjetivos las compara con salones góticos, y tronos de monarcas, es valeroso, pues, en esa época como hemos descrito el negro cimarrón podría estar al acecho en cualquiera de ellas; en “La Cueva de Vargas” va en punta de la comitiva como un Colón de la espeleología y es quién obliga a sus compañeros a seguirle, aunque ya dentro de aquel antro, perciba la posible presencia del negro en acecho; en su visita a “La Cueva de los Portales” no encuentra palabras para describir tal belleza natural y sencillamente prefiere guardar silencio ante tanto deslumbre.

Existe algo que no escapa a su buen hacer y es exponernos los seres vivos que habitan tanta naturaleza, los animadores de los bosques, sus árboles, arbustos, plantas aromáticas y urticantes, sus bejucos, sus flores, en el campo animal no desestima ningún grupo animal, habla de los insectos, los reptiles, los mamíferos, los coleópteros, entre otros. Poéticamente nos endulza los oídos con el canto del ruiseñor, y se le alegra el alma cuando está triste, por el cansancio y la fatiga del viaje, él considera que en el único lugar donde de verdad se puede oír el verdadero canto melodioso de ave de los reyes es en el Pan de Guajaibón.

Nos sorprende cuando se horroriza y denuncia con gran preocupación los males que el hombre le hace a la naturaleza, le entristece la tala y la quema de nuestros bosques, se siente mal de ánimo cuando observa la desolación que genera los campos arrasados por la industria azucarera, se preocupa por el mal uso que se le da a la tierra en las montañas para el cultivo del café, al igual que admira desde la puerta de Vuelta Abajo (a la salida de Guanajay, según su criterio) el mar verde de los campos de cañas, coronados en lo más lejano por los ingenios y la Cordillera de Guaniguanico, también nos hace sufrir el fuerte sol que quema su piel y sus acompañantes, ya que los caminos y guardarrayas de esos cañaverales están deforestados sin ningún tipo de sombras.

Finalmente logra que el lector mezcle todo tipo de sentimientos humanos, al describir la sicología de los paisajes, el olor, el sabor, la alegría, la rabia, el horror, el miedo y la lujuria son algunos de los sentimientos entremezclados que como todo un buen sicoanalista nos hace vivir.

Es sin duda Cirilo Villaverde una fuente del conocimiento del cual han de beber geógrafos, biólogos, botánicos, geólogos, sicólogos, sociólogos y todos aquellos que deseen conocer el pasado de nuestra historia.

No por gusto luego de su muerte acaecida el 20 de octubre de 1894, faltándole apenas 8 días para cumplir los 83 años, nuestro José Martí expuso con gran pesar en el periódico “Patria” de Nueva York el día 30 de Octubre del propio año:

“De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil, ha entrado en la muerte que pasa él ha de ser el premio merecido, al anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida y una inolvidable novela (...)” (2)

 

(1)- Cirilo Villaverde. Excursión a Vuelta Abajo: 25
(2)- José Martí. Obras Completas. T.5 :241-243.

 

 

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