Si observas esta tabla, coincidirás con nosotros cómo se presentan algunos ejemplos de esa intertextualidad.
Muy cerca
El eje argumental de la narración puede simplificarse del siguiente modo: Pilar va a la playa y encuentra allí a una niña enferma, descalza. Conmovida, le regala sus zapatos nuevos.
Las dos niñas simbolizan los extremos de la sociedad norteamericana: riqueza-pobreza. Pilar va “de todo juego (…) con aro, balde y paleta”. Lleva sombrero emplumado y estrena zapatos color de rosa y para el regreso del paseo “Manda luego el padre el coche”. Pilar “viene y va / muy oronda”. Es locuaz, hace muchas preguntas. La enferma, por el contrario, esta mal vestida, descalza. Duerme o esta desfallecida. No se le escucha en toda la historia. El contraste resulta evidente
En la playa, los grupos sociales están segregados. De un lado, “sentadas con los señores, / las señoras, como flores”; del otro “la barranca de todos (…) Donde se sientan los pobres”.
Imposible olvidar lo que escribe Martí para El Partido Liberal el 15 octubre de 1886 (publicado el 4 de noviembre siguiente), refiriéndose a los Estados Unidos: “se agrupan sus habitantes en castas endurecidas (…) se amontonan de un lado los balcones de oro, con sus áureas mujeres y sus caballeros mofletudos y ahítos, y ruedan en el albañal, como las sanguijuelas en su greda pegajosa, los hijos enclenques y deformes de los trabajadores”.
El gesto de Pilar es hermoso, altruista, humano. Más, no debe ser idealizado en extremo. La niña del sombrero de plumas da lo que le sobra (“ ¡Oh, toma, toma los míos: / Yo tengo más en mi casa!”), lo cual es meritorio, pero no tanto como compartir lo poco que se tiene, que es donde Martí encuentra el mérito mayor. Por otra parte, el Apóstol no ve con buenos ojos esa dádiva entregada en público. En otra crónica para El Partido Liberal (28/09./1890) apunta: “como si dar limosna en público no fuera siempre feo”.
Agréguese a lo anterior que el gesto de Pilar y su madre es espontáneo, emocional, sanguíneo. Ellas no van en busca de la miseria, se encuentran con ella por azar, Actúan por impulso, bajo el efecto del gran impacto que le causó el cuadro de la niña enferma y la madre desesperada. Quieren acallar el dolor, porque en verdad, no desean percibirlo (“¡No quiere saber que llora / de pobreza una mujer!”) .
La niña enferma muere. Es el desenlace lógico de la historia. Es el destino irreversible de cientos de niños que fallecen devorados por enfermedades como el cólera infantil. En una crónica epistolar para La Nación, de Buenos Aires, con fecha 21 de octubre de 1883, Martí informa: “Como los ogros a los niños de los cuentos, así el cholera infantum les chupa la vida”.
El fallecimiento de la enferma echa por tierra el mito de los zapatos. No es el talismán de la buena fortuna como en otros clásicos de la literatura infantil. Si en La Cenicienta, por ejemplo, una zapatilla de cristal convierte a la criada en princesa; aquí sirve de cobija temporal, le protegen los pies a la desvalida, los calienta, pero no pueden evitar la tragedia.
Al derrumbarse el fetiche zapatos-felicidad, el gesto de Pilar cae por su propio peso, se revela inútil. La solución al drama social no está en acciones individuales. La misericordia, la caridad, no obstante sus costados benéficos, resultan paliativos para suavizar la aridez del problema, pero no son la solución definitiva.
Para erradicar este flagelo se impone un accionar colectivo, consciente, racionalmente dirigido. Y corresponde al Estado realizarlo. En otra de sus misivas periodísticas a La Nación afirma: “El deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado”.
Hacia estos rumbos nos conduce finalmente el vuelo de la mariposa. El mensaje no está en sobredimensionar el donativo de Pilar y beatificar a la niña por ello, sino en la insuficiencia del acto, ya que el mal tiene una causa social que hay que eliminar.
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