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Con 340 hectáreas, el Parque Zoológico Nacional es un lugar inmenso, en el cual siempre hay algo que hacer. Durante el día la instalación es un puro hervidero. Visitantes y trabajadores cruzan sus caminos: unos, en pos de saciar la curiosidad; los otros, en la búsqueda constante del trabajo perfecto.
Así, limpiar, ultimar detalles en las jaulas o hábitats, contar, alimentar, estar al tanto de las necesidades de los ejemplares, son tareas que precisan de todas las manos posibles y del esfuerzo mancomunado para no dejar nada al azar.
Ante semejante cúmulo de actividad, la labor grupal se hace imprescindible. Por consiguiente, biólogos, médicos veterinarios y técnicos combinan saberes. Sin embargo, pareciese como si los últimos tuviesen sobre sus hombros un “peso” especial. Y es que la estrecha y casi paternal vinculación con las diferentes especies confiere a sus criterios una certeza que pocos refutan.
Según datos ofrecidos por Armando Barrios, especialista de la Dirección de Desarrollo, el zoológico funciona como unidad docente de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Agraria de La Habana y del Instituto Politécnico Villena Revolución. Por ello, un porcentaje de estudiantes y recién egresados cifran esperanzas en desarrollar sus carreras en el centro. Lamentablemente, no siempre existe correspondencia entre oferta-demanda, y muchos deben dejar atrás el recinto luego del adiestramiento o el servicio social.
Para Yasiel Diéguez, técnico del área de Ungulados* y uno de los afortunados, la historia no fue muy diferente. Poco después de graduado, se inició en la Pradera Africana, encargado del conteo de individuos. Posteriormente incursionó en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, pero el amor a la profesión y la existencia de la plaza marcaron el retorno.
“Todos aquí trabajamos por pasión ―afirma―. Imagina que tienes que estar en contacto con heces fecales, ver heridas infestadas, manipular sangre y hasta exponer tu vida”.
Cuidadoras del Parque Zoológico Nacional, Cuba.
A pesar de los riesgos, la remuneración espiritual constituye el mayor incentivo para quienes fungen como cuidadores. De una plantilla de alrededor de 500 personas, más de la mitad labora como técnicos, y muestran una estabilidad a prueba de crisis económicas, escaseces y peligros de todo tipo.
Los gajes del oficio
“A mí no me gustan los animales metidos en jaulas”, afirmaba la joven bióloga Yaima Martínez, especialista del Departamento de Exhibición del Parque Zoológico Nacional.
“Nuestros compañeros que atienden mascotas y ejemplares en vida libre nos miran con recelo, porque trabajamos con animales en cautiverio, y les confesamos que no fuimos quienes los pusimos ahí —agrega su colega, la también bióloga Irina Fermín—. Nos desagrada tal situación, pero si es algo inevitable, entonces haremos todo cuanto podamos para proporcionarles el máximo bienestar”.
Esa, a todas luces, constituye la filosofía de la institución y la principal motivación de quienes apuestan por el cuidado de animales salvajes en cautiverio.
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