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Anónimos
colaboradores de la ciencia
Por Hilda Berdayes

Los científicos están
obligados a tratar con afecto y gratitud a tan útiles
colaboradores.
(Foto: Archivo) |
Tal vez para ti, que tanto amas a tu mascota,
el uso de animales para experimentación suponga un
rito cruel que ejercen profesionales muy calificados, pero
carentes de sentimientos hacia esos…. Irracionales.
Nada más ajeno a la realidad. La manipulación
de animales o biomodelos —como se les llama— en
la investigación científica, se rige por principio
éticos bien establecidos. Principios que obligan moralmente
a los especialistas a adoptar actitudes de respeto, afecto
y gratitud, en justo reconocimiento por lo mucho que debe
la Humanidad a esos inapreciables auxiliares.
De la historia y algo más
La observación de la anatomía animal y, más
tarde, el estudio comparativo con las estructuras orgánicas
de las personas, posibilitó a los médicos y
naturalistas del pasado conocer mejor la fisiología
o el funcionamiento interno del cuerpo humano, así
como las posibles causas de muchas enfermedades.
Entre los más destacados aportes
figuran las investigaciones del químico francés
Louis Pasteur (1822-1895), sobre los efectos del cólera
en pollos y el carbunco en los carneros, a los que inmunizó
con cepas atenuadas de los microorganismos causantes de esas
patologías. Estas experiencias de Pasteur permitieron
establecer el fundamento en que se apoya la elaboración
de vacunas, una de las conquistas más relevantes logradas
por la ciencia.
Otra contribución importante del
empleo de biomodelos fue la obtención de insulina natural
extraída directamente de animales, para compensar el
déficit de esta hormona en personas diabéticas.
El producto, que por más de cincuenta años dependió
del aporte de cerdos y vacas, hoy se logra por síntesis
química.
Los ensayos biológicos con animales
también permitieron esclarecer mecanismos nerviosos,
hormonales y genéticos; y asimismo, la introducción
de delicados procedimientos quirúrgicos, y numerosos
métodos diagnósticos y terapéuticos aplicados
a los humanos.
Y esto no resulta casual. Nosotros y los
animales compartimos una bioquímica similar, producimos
los mismos tipos de neurotransmisores y reaccionamos de forma
muy parecida ante heridas, enfermedades u otras agresiones
del medio.
A pesar de estas verdades indiscutibles,
personas con escasa información científica o
con un excesivo paternalismo, abogan por la completa supresión
de los ensayos con animales. Para ello se
apoyan en sociedades protectores y ciertas organizaciones
benéficas. Hay, además, algunos grupos extremistas
que han llegado a amenazar a laboratorios y centros de investigaciones
en los Estados Unidos y otros países desarrollados,
con sabotear sus labores y rescatar del martirio a los pobres
animales indefensos.
Por supuesto, no hay que llegar a tales
extremos. Si bien es cierto que décadas atrás
parte de los métodos de análisis exigían
un alto número de ejemplares sacrificados y determinada
cuota de sufrimiento, estos conceptos han cambiado en los
últimos años.
¿Qué
son las tres R?
Hoy por hoy, ningún especialista culto puede negar
la capacidad emocional y afectiva que poseen los animales.
Por ello, son principios éticos su empleo limitado
y con mínimas molestias. Antecedentes de estos criterios
humanitarios se remontan a las propuestas enunciadas desde
1959 por el zoólogo William Russell y el microbiólogo
Rex Burch, las cuales son conocidas en el mundo científico
como la regla de las tres R.
Sus objetivos son Reemplazo
de ejemplares por técnicas alternativas, la Reducción
del número de biomodelos y evitar experiencias innecesarias,
así como el Refinamiento y perfeccionamiento
de los métodos, crear mejores condiciones a los animales,
mayor exactitud y ahorro en las investigaciones.
Aunque algo marginada en sus inicios, la
aceptación de esta regla cobra mayor fuerza y conciencia
dentro de la comunidad científica internacional, a
la que se suman los investigadores cubanos. Su seguimiento
favorece reevaluar técnicas anteriormente empleadas
por otras que no precisen de anímales vivos —como
el cultivo de células o tejidos y los programas por
computadora—, equilibrar los intereses de la investigación
con el uso racional de los biomodelos, y asumir una actitud
más positiva y humana hacia estos anónimos colaboradores
de la ciencia.
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