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Minisitio sobre la Jornada Internacional por la liberación de los cinco héroes cubanos presos en Estados Unidos por su labor antiterrorista.

IX Congreso de la UJC
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Anónimos colaboradores de la ciencia

Por Hilda Berdayes

Animales de laboratorio.
Los científicos están obligados a tratar con afecto y gratitud a tan útiles colaboradores.
(Foto: Archivo)

Tal vez para ti, que tanto amas a tu mascota, el uso de animales para experimentación suponga un rito cruel que ejercen profesionales muy calificados, pero carentes de sentimientos hacia esos…. Irracionales. Nada más ajeno a la realidad. La manipulación de animales o biomodelos —como se les llama— en la investigación científica, se rige por principio éticos bien establecidos. Principios que obligan moralmente a los especialistas a adoptar actitudes de respeto, afecto y gratitud, en justo reconocimiento por lo mucho que debe la Humanidad a esos inapreciables auxiliares.

De la historia y algo más
La observación de la anatomía animal y, más tarde, el estudio comparativo con las estructuras orgánicas de las personas, posibilitó a los médicos y naturalistas del pasado conocer mejor la fisiología o el funcionamiento interno del cuerpo humano, así como las posibles causas de muchas enfermedades.

Entre los más destacados aportes figuran las investigaciones del químico francés Louis Pasteur (1822-1895), sobre los efectos del cólera en pollos y el carbunco en los carneros, a los que inmunizó con cepas atenuadas de los microorganismos causantes de esas patologías. Estas experiencias de Pasteur permitieron establecer el fundamento en que se apoya la elaboración de vacunas, una de las conquistas más relevantes logradas por la ciencia.

Otra contribución importante del empleo de biomodelos fue la obtención de insulina natural extraída directamente de animales, para compensar el déficit de esta hormona en personas diabéticas. El producto, que por más de cincuenta años dependió del aporte de cerdos y vacas, hoy se logra por síntesis química.

Los ensayos biológicos con animales también permitieron esclarecer mecanismos nerviosos, hormonales y genéticos; y asimismo, la introducción de delicados procedimientos quirúrgicos, y numerosos métodos diagnósticos y terapéuticos aplicados a los humanos.

Y esto no resulta casual. Nosotros y los animales compartimos una bioquímica similar, producimos los mismos tipos de neurotransmisores y reaccionamos de forma muy parecida ante heridas, enfermedades u otras agresiones del medio.

A pesar de estas verdades indiscutibles, personas con escasa información científica o con un excesivo paternalismo, abogan por la completa supresión de los ensayos con animales. Para ello se apoyan en sociedades protectores y ciertas organizaciones benéficas. Hay, además, algunos grupos extremistas que han llegado a amenazar a laboratorios y centros de investigaciones en los Estados Unidos y otros países desarrollados, con sabotear sus labores y rescatar del martirio a los pobres animales indefensos.

Por supuesto, no hay que llegar a tales extremos. Si bien es cierto que décadas atrás parte de los métodos de análisis exigían un alto número de ejemplares sacrificados y determinada cuota de sufrimiento, estos conceptos han cambiado en los últimos años.

¿Qué son las tres R?
Hoy por hoy, ningún especialista culto puede negar la capacidad emocional y afectiva que poseen los animales. Por ello, son principios éticos su empleo limitado y con mínimas molestias. Antecedentes de estos criterios humanitarios se remontan a las propuestas enunciadas desde 1959 por el zoólogo William Russell y el microbiólogo Rex Burch, las cuales son conocidas en el mundo científico como la regla de las tres R.

Sus objetivos son Reemplazo de ejemplares por técnicas alternativas, la Reducción del número de biomodelos y evitar experiencias innecesarias, así como el Refinamiento y perfeccionamiento de los métodos, crear mejores condiciones a los animales, mayor exactitud y ahorro en las investigaciones.

Aunque algo marginada en sus inicios, la aceptación de esta regla cobra mayor fuerza y conciencia dentro de la comunidad científica internacional, a la que se suman los investigadores cubanos. Su seguimiento favorece reevaluar técnicas anteriormente empleadas por otras que no precisen de anímales vivos —como el cultivo de células o tejidos y los programas por computadora—, equilibrar los intereses de la investigación con el uso racional de los biomodelos, y asumir una actitud más positiva y humana hacia estos anónimos colaboradores de la ciencia.

 

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